Aislamiento, soledad y pandemia: ¿qué podemos hacer?

02 | 12 | 2020

Reflexionamos acerca de nuestras vidas en la pandemia a propósito del documental ‘La teoría sueca del amor’.

La teoría sueca del amor (2015) es un documental del director italosueco Erik Gandini que retrata las dinámicas de vida de una de las sociedades con las mejores estadísticas económicas y de igualdad social del mundo. A partir de la década de 1970 y con la publicación del manifiesto La familia del futuro, en Suecia se pregonó por que las “auténticas” relaciones humanas se basaran en la independencia entre las personas. En ese contexto, se planteó que la familia ideal sueca debería constituirse por individuos adultos que fueran fundamentalmente independientes.

Sin embargo, el proyecto social sueco no desembocó en la felicidad y la realización de todos los individuos; por el contrario, en su trabajo, Gandini expone los riesgos del individualismo extremo y las consecuencias de defender radicalmente la independencia de las personas sobre sus relaciones sociales y familiares, de manera que el argumento del documental es que en la actualidad Suecia padece una epidemia de individualismo y soledad. Gandini busca demostrar esta tesis con varios pasajes en los que retrata historias típicas que ocurren en Suecia todos los días, pero que a otros pueden resultarles parecidas a ciertos escenarios distópicos a los que, extrañamente, algunos de nosotros nos hemos aproximado durante la crisis del covid-19.

Como mesa de redacción de La Vaca Independiente y con los lentes de la pandemia muy a la mano, realizamos un ejercicio de diálogo para complementar nuestras diferentes miradas acerca del documental.

Aída: ¿Qué opinan del documental, qué les evocó?

Alberto Manuel: El documental cuenta historias de la Suecia actual. Por ejemplo, una buena cantidad de mujeres prefieren ser madres solteras que tienen hijos por inseminación artificial a domicilio, y lo hacen como si se tratara de pedir pizza, como un love in a box. Asimismo, aumentan las personas que mueren solas con gruesas cuentas de dinero y otros bienes materiales que no tienen con quién compartir ni a quién dejar. O gente que se da cuenta de que su vecino falleció por el hedor del cadáver: no hay quien lo reclame, y para eso existe una institución del gobierno dedicada a búsquedas detectivescas de parientes de algún fallecido no reclamado. En el documental hay una secuencia de interiores de casas sin gente o con un solo individuo, en perfecto orden y asépticos. El distópico Un mundo feliz, la novela de Huxley, ya no es ciencia ficción, sino una cruda verdad.

Pienso que es un cliché definir a Suecia como un modelo de sociedad desarrollada, igualitaria y con una calidad de vida alta. Quizá la población sueca es la más autónoma e independiente del planeta. En este país nórdico, una gran cantidad de gente no tiene –o no sabe o no se le ocurre– la necesidad de pedir ayuda o favores, su contacto humano es lo mínimo indispensable. Es la consumación de una atractiva idea de Occidente: encontrar el bienestar en uno mismo, liberarnos de otras personas y ser autónomos. Pero ¿es esto la felicidad que anhelamos?

Aída: De acuerdo, el título mismo me parece una ironía porque no tiene nada que ver con el amor. La dependencia hacia alguien o algo, sobre todo entre seres humanos, implica correr un riesgo, pero ¿hasta qué punto la independencia es buena? En su búsqueda por una vida perfecta, los suecos se evitaron las molestias de las relaciones afectivas, del tiempo y la cognición que se deben invertir en ellas, pero ¿por qué parece que las relaciones se volvieron un fastidio? El amor requiere entrega, sacrificio, nos hace vulnerables, dependientes, frágiles y emocionales. Es el precio que hay que pagar para darlo y recibirlo.

Me quedé pensando en las mujeres que decidieron ser madres solteras para evitar la fatiga de un hombre, o de aquellos hombres que donaron su esperma sin la preocupación de hacerse responsables de su reproducción. Sinceramente, ese actuar me parece egoísta, pues nunca pensaron en el daño que les causaría a sus hijos la ausencia de la figura paterna, parece que se puede prescindir de los hombres o incluso de las mujeres, pero no es así. Los padres y madres marcan nuestra vida para siempre. Por lo tanto, me puedo imaginar el deterioro emocional con el que estas generaciones tendrán que cargar toda su vida.

Salvador: Sí, es cierto. Yo creo que a estas alturas de la pandemia todos estamos padeciendo ese deterioro emocional del que hablas, y va a haber consecuencias prolongadas. En estos momentos nos estamos sintiendo solos, aislados, ansiosos, eso se parece mucho a lo que Gandini retrata en su documental, por eso al verlo nos queda un sinsabor muy familiar; de pronto nos damos cuenta de que quizás pertenezcamos a un sector que en estos momentos es un laboratorio social, una sopa sueca al alcance de un clic. Después de un tiempo en el encierro estamos sintiendo los efectos de la inmovilidad, la inquietud y la falta de actividad física. La soledad nos afecta como en Suecia…

AM: Desde luego, y todo esto está afectando nuestra conexión con los demás, algo que a los seres humanos nos resulta indispensable para sobrevivir, ¿no creen?

A: Así es, la conexión entre seres humanos es una cuestión de supervivencia. Es un hecho que desde el momento en que nacemos tenemos la necesidad de conectar con otros seres humanos. Pensemos en el nacimiento de un bebé. Cuando sale del vientre materno se encuentra con un entorno totalmente desconocido, sufre un trauma aterrador y los doctores saben que lo único que lo puede calmar es ponerlo sobre el pecho de su madre para hacerlo sentir conectado. Y para el resto de nuestras vidas seguimos anhelando una verdadera conexión, un sentido de pertenencia que nos dará identidad. Además, las mejores virtudes en nuestra vida solo las podemos desarrollar en comunidad. Por ejemplo, es imposible desarrollar la virtud de la generosidad si no hay alguien con quien compartir lo que tienes o es imposible desarrollar la virtud del perdón si no hay alguien que te ofenda, pero, sobre todo, es imposible desarrollar la virtud del amor en soledad.

AM: De hecho, el documental busca contrastar esas vidas solitarias con otras vidas, más comunitarias, como la del médico sueco, cuya pareja es una mujer etíope, que (re)descubre en Etiopía la comunidad, las sonrisas, el amor correspondido, el agradecimiento, el contacto físico; no hay recursos suficientes para curar a los enfermos o heridos, pero la necesidad lleva a la creatividad; y este doctor no encuentra su sentido de la vida en el bienestar sueco, sino en el servicio a la gente pobre. Por otra parte, algunos jóvenes suecos se rebelan pacíficamente contra el sistema individualista de Suecia, formando comunas tipo hippie en los bosques nórdicos; es el otro extremo del individualismo, es la manada, es lo primitivo, es casi la orgía. A Suecia llegan muchos migrantes. Los suecos no son racistas, pero, si apenas conviven entre ellos, menos lo harán con extranjeros. “No he visto a ningún sueco, ¿dónde están?”, se escucha a un inmigrante en Suecia.

S: Sí, hay muchas consecuencias sociales del aislamiento que debemos tomar en cuenta. Ahora que estamos a la distancia es un poco complicado tener presente que no estamos solos. No hay que perder de vista la amplitud de la realidad. Frente a la quietud y el conformismo hay que anteponer la reflexión y una actitud concienzuda. Esa es la diferencia entre nosotros y el caso sueco, no vivimos los primeros capítulos de un orden nuevo que hayamos aceptado dócilmente, como en una novela de George Orwell o Margaret Atwood; no, que no se nos olvide: vivimos una impostura.

A: Con la pandemia, muchas de estas necesidades humanas se han visto afectadas y mediatizadas, ¿qué piensan de esto?, ¿cómo lo han vivido?

AM: Este documental puede ayudarnos a realizar una nueva lectura de la crisis que estamos viviendo. La pandemia de la soledad del mundo occidental crece aún más con la llegada del nuevo coronavirus. De hecho, Suecia ha sido ejemplo mundial respecto a la manera en que ha afrontado la crisis sanitaria; sin embargo, esto es un ironía porque desde mucho antes de la llegada del covid-19 los suecos ya estaban más que preparados para afrontarlo: ya entonces vivían confinados, con sana distancia, aislados, comunicados online, sin posibilidad de contagio… pero enfermos de soledad.

S: Creo que tienes razón, y la soledad también es contagiosa. Por eso insisto en que, a pesar de que nuestras intuiciones y percepciones actuales tiendan al subjetivismo, a la soledad y a la distancia, hay que ocuparnos de refrescarnos la memoria: el mundo allá afuera no está clausurado. La pandemia no representó ninguna instauración de un paradigma social nuevo sino un cambio de acento en la organización de ciertos estratos de la sociedad. Hasta ahora. Lo que vale para mí y mi círculo social no aplica para los demás. Cada quien tiene su forma de sobrellevar la pandemia. Esto es cierto pese a que mi perfil de Facebook me diga lo contrario. Para algunos de nosotros, la tecnología ha adquirido un papel preponderante y ya casi no podemos vivir sin ella, o eso pensamos, pero otras personas no lo viven de la misma manera.

A: Totalmente de acuerdo, desde hace años la tecnología está robando nuestro tiempo y nuestras relaciones. Aunque se nos advierte que el uso excesivo del internet nos aleja de la realidad y del momento presente, insistimos en mantener nuestros ojos y mente frente a la pantalla. Nos atrevemos a sacar el teléfono cuando otra persona nos está hablando. Nos empeñamos en tomar una foto, en vez de vivir el momento. Y es hasta ahora, cuando se nos prohibió el contacto piel con piel por la pandemia, cuando parece que empezamos a valorar lo que habíamos estado ignorando. La red puede ser un complemento, pero no un sustituto de las relaciones. Ojalá esta pandemia nos haga valorar el abrazo, el beso, el saludo de mano, las caricias, los apapachos y a la gente que tenemos enfrente. Apaguemos el teléfono un momento y conectemos de verdad.

S: Muy cierto, ¿qué otras conclusiones podemos sacar del documental para nuestras vidas?

AM: Como menciona el sociólogo polaco Zygmunt Bauman al final del documental: las sociedades desarrolladas están capacitadas en la independencia, pero incapacitadas para negociar la convivencia con otras personas y privadas de habilidades de socialización. El mundo actual, dice Bauman, podría dividirse en dos: online e independencia: estar conectados gracias a internet solo con lo que se prefiere; y offline e interdependencia: estar desconectados de la pantalla, para ver la diversidad de la raza humana y enfrentarse a la necesidad de dialogar con personas diferentes. Entonces, pienso que, a pesar del encierro por la pandemia, debemos ser conscientes del offline y la interdependencia que Bauman refiere; creo que en eso radica nuestra supervivencia, ya que el ser humano es social por naturaleza.  

A: Dicen que la vida se pone peor conforme pasa el tiempo. Los abuelos insisten en recordar a los jóvenes que aunque la vida era más complicada había más valores que ahora. Estoy de acuerdo y parece que Bauman también. Él define nuestra actualidad como la modernidad líquida donde las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo, la familia, el matrimonio y las convicciones se han desvanecido. Entiendo que los jóvenes de ahora huyan del matrimonio porque los modelos de esposos que han visto no son para nada el ideal de una pareja feliz, pero eso no significa que el compromiso sea malo, el amor de pareja tiene sus complicaciones y a veces por no seguir el instructivo terminamos dañando el producto.

El proyecto social sueco impulsó la liberación de estas estructuras familiares “anticuadas”, que controlaban la forma en que vivía la sociedad y hacían a las personas dependientes unos de otros. Pero lo que tenemos ahora es una sociedad inestable, comprometida con nada y lista para cambiar de frecuencia siempre que se requiera. Es una situación de perpetua inestabilidad.

S: Es verdad, los retos son mayúsculos pero quiero pensar que no todo está perdido. Tenemos la responsabilidad de responder a esta crisis en todos los órdenes, incluso en el orden moral, con determinación. Como método de resistencia nos queda el ejercicio de la memoria: la moral de la espera, la restitución y la transformación. En este momento la espera no es mediocridad, es paciencia, es templanza. Es preciso sufrir con dignidad y llorar a nuestros muertos; es preciso no olvidar la vida a la que queremos retornar, el abrazo, el carnaval; pero también es preciso perseverar en los principios por los que ya pregonábamos desde antes de la pandemia.

Vivimos todos juntos y finitos en una Tierra redonda e igualmente finita en donde yo no soy si tú no eres. Ahora sabemos que lo que le afecta a una persona en Nepal tiene consecuencias para alguien más en Sudáfrica. Si alguien muere de sed en otra tierra yo muero un poco también. Y así nos secamos todos un poco de a poco. Y de a poco todo se consume, extingue y aniquila. Por eso requerimos inocularnos una vacuna contra el individualismo y la indolencia, porque la soledad y la apatía también dislocan nuestros cuerpos, como se aprecia en el caso sueco. Eso es lo cierto, la certeza más categórica, y lo demás que pueda afectarme es una aguja en un pajar: una banalidad. No nos engañemos, las paredes no tienen oídos, nunca los han tenido; sigamos conspirando entre nosotros, entonces, en pos de la vida.

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