Cuando el arte y la ciencia se encuentran, ocurren cosas mágicas

19 | 06 | 2020

La colaboración sensible entre arte y ciencia nos permite una mejor comprensión de lo que somos y lo que nos rodea. Estos son tres ejemplos deslumbrantes…

La experiencia más hermosa que podemos tener es el misterio. Es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos.

—Albert Einstein

A pesar de que transitan por sendas diferentes, la interconexión entre arte y ciencia siempre ha existido. De hecho, ambas prácticas se dirigen hacia el mismo destino porque surgen de una necesidad esencial por comprender y descifrar al mundo que habitamos. El arte da sentido a nuestra realidad de una manera subjetiva y sensorial; la ciencia, por su parte, explora el mundo en busca de verdades universales, deseablemente irrefutables. Encontrar sentido a la vida es la pregunta y también la respuesta. 

Así, el arte y la ciencia siempre han estado relacionadas, belleza y verdad acontecen simultáneamente y aunque no siempre colaboran, cuando esto sucede y se disuelven las fronteras entre ambas, suceden cosas maravillosas que son capaces de explicarnos nuestra propia existencia.

Aracnología

El artista argentino Tomás Saraceno (Tucumán, 1973) lleva décadas fusionando arte, ciencia y tecnología. En sus obras plantea la posibilidad de vivir en las nubes, genera vuelos aéreos solares, e, incluso, ha colaborado con la NASA. Uno de sus trabajos más famosos es Cómo atrapar el universo en una telaraña, que consiste en una serie de instalaciones de gran formato en las que creó un ambiente donde podían habitar miles de arañas por un lapso de seis meses, permitiéndoles tejer sus telarañas en total libertad. El resultado fue una instalación que  podía ser recorrida por el público en una experiencia inmersiva, donde la tenue iluminación permitía ir poco a poco descubriendo esta ciudad de arácnidos. A través de la complejidad de sus telas, el artista hace una analogía para explicar ciertas teorías sobre el origen del universo.

Climatología

El artista danés Olafur Eliasson (Copenhague, 1967) se hizo famoso cuando en 2003 presentó en la Tate Modern una instalación en la que creó un sol artificial en atardecer/amanecer permanente, difuminado por niebla provocada, también, artificialmente. Esta súper producción tecnológica e inmersiva habló de la preocupación del artista sobre el cambio climático (tema recurrente en su práctica), así como de la psicología del color y la teoría de la luz. Bajo esta misma preocupación Eliasson ha tocado el tema ambiental con insistencia a través de piezas que incluyen esculturas hechas de hielo desprendido de Icebergs o, literalmente, coloreando el agua de distintos ríos para hacernos ver la fragilidad con la que recorren nuestro planeta.

Bacteriología

Otro excelente ejemplo de la cooperación entre arte y ciencia es el trabajo de Anicka Yi (Seúl, 1971). La artista surcoreana aborda temas socio-políticos, sobre todo relacionados al feminismo. Un ejemplo notable fue el performance de 2015 You can call me F, que presentó en The Kitchen en Nueva York y en el que, a partir de información biológica tomada de la saliva de 100 mujeres, produjo una fragancia bacteriana para articular una meditación sobre la paranoia al contagio y el miedo al feminismo. El público podía oler dicha fragancia mientras recorría una oscura instalación que remitía a un espacio forense, o a una especie de campamento (laboratorio) situado en una cuarentena ficticia. El trabajo de Yi, al que ella misma se refiere como bio-ficción, ocupa siempre materiales poco convencionales que procesa con el uso de ciencia y tecnología, y en los que el público se vuelve co-autor de las obras al participar en ellas de una u otra forma.

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Cuando ciencia y arte se funden provocan experiencias no solo sensoriales, sino también pedagógicas, mismas que nos hacen reflexionar sobre cuestiones trascendentales. La ciencia y el arte tienen la capacidad de explicarnos la vida, conectar con ésta y con nuestra propia existencia.

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