Día de Muertos: celebrar la vida de los difuntos

02 | 11 | 2022

Este festejo por el retorno temporal de nuestros difuntos es una de las celebraciones más emblemáticas y conocidas de México.

A finales de octubre, en diferentes regiones de México empiezan a percibirse los aromas de la flor de cempasúchil, el copal, innumerables velas encendidas, los tamales, el pan de muerto recién horneado, el mole y las tortillas, pues los seres cercanos fallecidos están a punto de visitarnos. Para recibirlos, agasajarlos y, sobre todo, honrarlos, les dedicamos una vibrante ofrenda con estos elementos, adornada con papel picado colorido que muestra motivos de pájaros, flores y calacas en bicicleta, bailando o al estilo de José Guadalupe Posada. En ella también colocamos calaveras de azúcar con nombres de los fallecidos en la frente, agua, sal y los alimentos y bebidas favoritos de nuestros difuntos.

En algunas zonas de la república mexicana, esta celebración comienza el 28 de octubre, cuando se recuerda a quienes murieron por accidente o de manera trágica. El día siguiente se les dedica a los ahogados, el 30 y el 31 a las almas de quienes fallecieron sin haber sido bautizados y permanecen en el limbo, el 1 de noviembre se rememora a los niños muertos —día en que los pequeños van de casa en casa con una calabaza o chilacayote con forma de calavera, pidiendo una fruta o un dulce—, y el 2 a los adultos fallecidos. La tradición también indica que los muertos llegan cada 12 horas entre el 28 de octubre y el 2 de noviembre.

Con el paso del tiempo, esta celebración ha suscitado expresiones populares —como los desfiles con disfraces de calacas— que hacen de esta época del año una de las más especiales en México. Por el retorno temporal de familiares y seres queridos fallecidos, este evento es uno de los festejos más emblemáticos y conocidos del país, así como un ejemplo del sincretismo latente entre las culturas prehispánica e hispánica. Por todo ello, en el 2003, la Unesco declaró el Día de Muertos en las comunidades indígenas mexicanas como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Mezcla de elementos de la cultura prehispánica y la religión católica

Se calcula que las celebraciones por los muertos se realizan en comunidades indígenas mexicanas desde hace más de 3,000 años. Según el historiador y evangelizador español fray Diego Durán (1537-1588), existen dos rituales nahuas básicos que se dedican a los difuntos: Miccailhuitontli o Fiesta de los Muertecitos, conmemorada en el noveno mes del calendario mexica, que equivale a agosto en el calendario gregoriano, y la Fiesta Grande de los Muertos, celebrada el mes siguiente.

Las flores de cempasúchil —o flor de muerto— se colocan en los altares desde la época prehispánica, porque se creía que su olor y color atraían a los muertos. Con sus pétalos se hacen caminos para que los fallecidos puedan encontrar su ruta desde la calle hasta el altar hogareño, o de la tumba del finado a la casa de sus familiares. Desde aquellos tiempos también se habla del Mictlán, el inframundo a donde llegan los muertos para recibir el descanso eterno después de un recorrido de nueve etapas —una de las cuales consiste en cruzar un río con la ayuda de un xoloitzcuintle.

Los pueblos originarios mexicanos concebían la vida y la muerte como una dualidad. Creían que, cuando morían, comenzaban a vivir otra vez. La muerte era parte de un ciclo continuo. De igual manera consideraban la siembra: un periodo en el que debían cosechar los frutos para volver a sembrar. En México, agosto y septiembre son tiempos de cosecha, y para continuar el ciclo, se compartía con los ancestros el fruto recién recolectado: era un ritual de vida y muerte en el que presentaban ofrendas y sacrificios para que la siguiente temporada de siembra fuera buena.

Al respecto, el poeta Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad (1950) que “El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega a la muerte acaba por negar a la vida”.

Mientras tanto, en España se celebraba el Día de Todos los Santos el 1 noviembre. En iglesias y conventos se exhibían reliquias de los santos, ante las cuales los creyentes oraban para ser perdonados. Incluso había regiones donde se preparaban alimentos con forma de huesos, cráneos y esqueletos que se llevaban a la iglesia. Asimismo, en las casas se colocaba una mesa para el santo correspondiente, adornada con dulces y pan. Al día siguiente, se conmemoraba el Día de los Fieles Difuntos, dedicado a las almas que están en el purgatorio y del cual solo pueden salir gracias a los rezos de los devotos. Ambas son fechas para el recogimiento, pedir perdón, orar y ayudar a los difuntos.

Con la conquista española en México, se hicieron coincidir las celebraciones indígenas con las católicas y se modificaron las fechas para fusionar los rituales prehispánicos de las ánimas con las tradiciones cristianas. Estas celebraciones luego derivaron en el Día de Muertos, que, en vez de llevarse a cabo en los meses noveno y décimo del calendario mexica, se realizan el 1 y el 2 de noviembre.

Hanal pixan y la cruz verde

El hanal pixan (“comida de las ánimas” en maya) y la cruz verde son manifestaciones que ejemplifican el sincretismo entre las creencias mayas y las católicas.

Se conoce como hanal pixan a estas mismas celebraciones de muertos en muchas comunidades de la península yucateca —como la de Xocén—, donde hay regiones en las que dura un mes, del 31 de octubre al 30 de noviembre. En esta fiesta, suele colocarse —además de alimentos, adornos y el santo patrono del lugar— una cruz verde en los altares familiares, hecha con madera de la ceiba, el árbol sagrado de los mayas, y pintada de verde. Esta cruz representa tanto a Jesús como a la sagrada ceiba.

Normalmente, la cruz verde tiene pintadas imágenes representativas. El color verde significa la vida; el dibujo de una bata, es la ropa que usó Jesús cuando fue capturado; el martillo y los clavos son las herramientas con las que lo clavaron; la escalera es por donde lo subieron a la cruz y lo bajaron; el morral simboliza las 30 monedas que recibió Judas Iscariote por su traición; los dados son el juego con el que se entretenían los soldados mientras vigilaban a Jesús crucificado y sus acompañantes; el gallo es la señal del canto que se escuchó tres veces cuando San Pedro lo negó; los látigos son los azotes que Cristo recibió; la jarra es el cáliz; y el corazón es el amor sacrificado de Jesús por los humanos.

​​Por tres días, estos pueblos yucatecos homenajean a sus familiares muertos. El primero es dedicado a los niños y se denomina hanal palal. El segundo, hanal nucuch, es para los adultos; y el tercero es el hanal pixanoob, cuando se hace una misa en honor a las ánimas en el cementerio de la población. Asimismo, en este periodo se prepara el mucbipollo o pib, un tamal grande hecho de masa de maíz, relleno de carne de pollo y de cerdo, condimentado con tomate y chile, y envuelto en hoja de plátano, y se cocina con fuego de leña, enterrado en un hoyo cavado en el exterior que se tapa con hojas de palmera.

Fiesta y ritual

El Día de Muertos es una tradición que en México se sigue transmitiendo con mucho entusiasmo de una generación a otra. Se estima que más de 40 grupos indígenas mexicanos, que superan los seis millones de personas, conservan rituales asociados con esta celebración.

Esta visión ante la muerte que tenemos refleja la estrecha relación con nuestros difuntos; no con la muerte en general, sino con las personas que han fallecido. La celebración del Día de Muertos no significa que los mexicanos no temamos a la muerte: más bien, es la alegría de que nuestros fallecidos regresen. La relación distendida, pero ceremoniosa que tenemos con ella tiene su expresión más característica en textos rimados conocidos como “calaveritas literarias”, en los que, con creatividad, sensibilidad y humor negro, sus autores critican a la política y a la sociedad.

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