Economía budista: el bienestar compartido como fin

03 | 06 | 2020

La economía, idealmente, debiera servir al bienestar integral de las comunidades humanas.

El verdadero bienestar de una persona no proviene exclusivamente del universo material. Si bien uno de los factores necesarios para alcanzarlo es el satisfacer las necesidades básicas para la vida, el desempeño de nuestras capacidades cognitivas, nuestra creatividad y el desarrollo de una vida emocional sana, también son indispensables —lo es también nuestra capacidad de vivir en comunidad.

Es un hecho que habitamos sociedades donde el impulso de consumir muchas veces se impone a necesidades menos evidentes a primera vista. El dinero, como se dice a menudo, no es capaz de darnos la felicidad; pero más aún, difícilmente es un factor único para el bienestar integral de un ser humano. Esto puede extrapolarse fácilmente a los sistemas económicos del mundo.

¿Hasta qué punto las economías de nuestro presente favorecen realmente el desarrollo de las personas en un sentido amplio? ¿Qué tanto toman en cuenta el bienestar emocional, las necesidades creativas y emotivas de las personas o, incluso, el sentido comunitario? ¿Hasta qué punto estos sistemas favorecen la producción sobre otras actividades necesarias para el disfrute de la vida?

Uno de los textos más deslumbrantes que explora estas cuestiones, hoy un clásico en el tema, es la colección de ensayos Lo pequeño es hermoso: Economía como si la gente importara, de E. F. Schumacher, publicado en 1973. Ahí, el economista y estadista destila la intersección entre el ámbito económico, la ética y la necesidad de una conciencia ecológica y sustentable —algo que hoy, casi cinco décadas después, resulta completamente vigente, quizá más que nunca.

Uno de los ensayos contenidos en esta antología, titulado “Economía budista”, crea una relación entre lo económico y lo espiritual —un lugar que fue visitado años antes por Gandhi, entre muchos otros pensadores. En ese texto se plantea que una economía deseable debiera guiarse por principios morales y espirituales, y finalmente, buscar el verdadero bienestar de las comunidades humanas en conjunto y no solamente la sobrevivencia o enriquecimiento de algunos. Para Schumacher, los sistemas económicos occidentales tradicionales pasan por alto dichas cuestiones, algo que califica sin empacho como una “ceguera metafísica”.

En este sentido, Schumacher ve en el trabajo un elemento vital dentro de la salud espiritual de las personas, y también una fuente de gozo; éste debiera ser una actividad no solamente dedicada a la satisfacción de las necesidades materiales (una obligación), sino también un camino para la realización personal, un quehacer capaz de dar sentido a la vida en un nivel espiritual. Así, el autor habla de la visión del trabajo en el budismo, que le concede tres virtudes: la de desarrollar las capacidades y habilidades personales; la de permitirle al hombre superar las inclinaciones del ego al unirse con otras personas para lograr una finalidad en común; y la de proveerse de los bienes y servicios que necesita para existir.

En nuestros sistemas económicos es frecuente conceder una enorme importancia a los bienes materiales, perseguirlos y consumirlos sin medida. Esto es completamente opuesto a la visión budista de la economía, que considera los bienes materiales un medio para el bienestar humano, no un fin. Por esta razón, la búsqueda debería enfocarse en obtener mayor bienestar de la menor cantidad posible de consumo. Esto refleja dos de los principios vitales de la economía, y el pensamiento budista en general: la simplicidad y la no-violencia. El segundo principio, en términos económicos, proviene del hecho de que entre menos consuma una sola persona, habrá más bienes para los demás (una forma de evitar conflicto). El budismo, finalmente, también favorece el consumo local como una forma de economía sana.

Así, la concepción budista del trabajo (parte esencial de un proceso de liberación) y del consumo (como un ejercicio comunitario) son lecciones atemporales que idealmente debiéramos conocer desde pequeños y transmitir a menudo, pues podrían transformar nuestra relación con el mundo material y con las personas con las que compartimos el mundo. En palabras de Schumacher:

La economía budista debe ser muy distinta de la del materialismo moderno, pues el budismo ve en la esencia de la civilización no la multiplicación de necesidades, sino la purificación del carácter humano. El carácter es, al mismo tiempo, labrado por el trabajo. Y el trabajo humano, realizado en condiciones de dignidad y libertad, bendice a quienes lo llevan a cabo e iguala sus frutos.

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