Imagen: cortesía de Manish Jain

El trayecto del desaprendizaje: conversación con Manish Jain

10 | 06 | 2021

Jain nos habla de su teoría de educación alternativa y de los aspectos teóricos y prácticos fundamentales de su filosofía del desaprendizaje.

Manish Jain es uno de los fundadores de la Universidad Swaraj, Creativity Adda y Shikshantar Andola, instituciones enfocadas en la promoción y la puesta en práctica del desaprendizaje, una postura pedagógica revolucionaria que prioriza la autoeducación y el autodesarrollo, y de la cual es él el principal teórico. Además de su labor educativa, Manish también ha estado involucrado con el cine y es un escritor comprometido, un cocinero aficionado, un ciclista entusiasta y un orador sin igual. El pasado 7 de mayo, sostuvo una conversación en línea con varios miembros de La Vaca Independiente (LVI), donde habló de su formación y del origen de su teoría de educación alternativa.

Para inaugurar la entrevista, Susana Cavazos, directora de Baktún Pueblo Maya, lamentó los sucesos que han acontecido en la India en las últimas semanas a causa de la actual pandemia, y expresó la solidaridad de LVI para Manish y su pueblo. Con esto en mente, también dirigió el siguiente mantra: Om Namo Amitabhaya. Buddha Ya Dharma Ya Sangha Ya, que traducido al español viene a decir algo aproximado a: Me postro ante Amitabha, ante Buda, ante el Dharma (las enseñanzas budistas, el sendero de la verdad) y ante Sangha (la comunidad espiritual de los budistas).

Susana Cavazos (SC): Manish, me gustaría que nos platicaras cómo surgió tu visión y tu filosofía de educación alternativa. Cuéntanos cómo llegaste a esta filosofía de vida, y no solo de educación.

Manish Jain (MJ): Primero que nada, quiero agradecerles por compartir su apoyo para estos momentos de sufrimiento, en los que hace falta que nos ayudemos unos a otros. Incluso en el dolor hay un lugar para los milagros, y todos los días vemos pequeños milagros que nos dan esperanza. Estoy muy agradecido de estar aquí.

Cuando tenía alrededor de dos años y medio, mis padres me llevaron a Estados Unidos, donde el sueño americano “me secuestró”. Los primeros 25 años de mi vida los pasé en ese país, y desde entonces he sentido una pasión honda por servir al mundo, por hacer algo bueno por él. Durante muchos años creí que si llegaba a tener éxito en el sistema educativo norteamericano lograría cumplir mi objetivo de hacer cosas buenas, no solo por mi país sino por mucha gente alrededor del globo y otros seres además de los humanos —es decir, por el resto de la naturaleza.

Sin embargo, desde la niñez también tuve muchas inquietudes acerca del mismo sistema. Cuando era niño caí en la cuenta de que este sistema no era el idóneo para desarrollar mis habilidades y realizar este viejo empeño por servir al mundo, porque cuando trataba de hacer algo al respecto, todos siempre me decían: “No gastes tu tiempo en esas actividades extracurriculares; tienes que enfocarte en tus calificaciones para entrar en la mejor universidad, pues solo así podrás tener una buena vida y mucho dinero con el que podrás ayudar a la gente en el futuro”.

En esencia, esa es la historia de mi niñez. En esa época además sucedía algo cómico y triste al mismo tiempo: yo crecí en los suburbios de Chicago, donde me encontré con muchos racistas, la mitad de los cuales creían que yo era mexicano. Siempre les respondía: “Si vas a ser racista, por lo menos escoge los insultos correctos”. De alguna manera, ese periodo me llevó a cultivar un gran amor por México y a sentir una conexión especial con los mexicanos basada sobre todo en la solidaridad.

Después ingresé a Harvard (aunque nunca me gustó estudiar, sí que era bueno fingiendo lo contrario). Los profesores allí solían decirme que los pobres y la gente sin estudios eran los causantes de los problemas del mundo, por lo que educarlos era la fórmula para que todo se solucionara. La mayoría de mis compañeros parecían estar de acuerdo con esto; el único inconveniente para mí era que mis dos abuelas, mujeres del pueblo que no sabían leer ni escribir, eran sumamente sabias, compasivas, amorosas e inteligentes, tal vez más que mis profesores en Harvard. Entonces me dije: “¿por qué estoy aquí, en un lugar donde nuestras culturas, lenguas y comunidades no son respetadas porque solo las consideran desde una perspectiva del déficit —“les falta esto, les falta aquello”—, y cuyos dirigentes no son capaces de ver todos estos talentos y los superpoderes que las comunidades ofrecen? Tal vez, estos problemas no se deben a la gente de los pueblos, sino a los que han sido educados por el sistema”.

SC: Muy bien, muchos hemos experimentado esa sensación. ¿Qué hiciste después de esa experiencia?

MJ: Aquella sospecha me llevó a dejar mis estudios al siguiente año para trabajar en la UNESCO,la UNICEF, el Banco Mundial, la USAID, entre otras instituciones. En esos lugares germinó en mí la duda acerca de lo que realmente significa el desarrollo, pues cada vez que un proyecto se echaba a andar ocurrían los mismos fenómenos: de pronto todos querían ser estadunidenses y perdían la conexión con quienes eran en verdad —creo que lo mismo me pasó a mí al principio de mi sendero—; además, también notaba que esas comunidades usualmente terminaban endeudadas, perdiendo sus tierras para la extracción de recursos, sufriendo contaminación y viendo cómo destruían sus hogares. Por ello empecé a indagar sobre el modelo de desarrollo.

Estas experiencias me causaron una seria depresión, pero como toda buena película de Bollywood, mi historia tuvo un gran giro de tuerca: mi abuela me rescató. En ese momento decidí renunciar a mis cargos para asistir a lo que llamo la “Universidad de mi Abuela”, donde me esforcé por conocer una nueva perspectiva, una cosmovisión diferente. Sabía que ella tenía una mirada inédita que pavimentaría mi viaje para desaprender, es decir, para librarme del lastre del hombre blanco y entender una nueva forma de hacer las cosas.

Pero ella no fue la única que me ayudó en este camino: también lo hizo mi hija, que ahora tiene 19 años. Mi esposa y yo tuvimos el valor de educarla en casa; por eso hoy es una librepensadora y un espíritu libre. Nunca ha resuelto un examen, mirado un libro de texto ni conocido un salón de clases. Algunas veces la hemos llevado a la escuela para que conociera el sistema escolar y pudiera decidir si eso es lo que necesitaba. Ella también ha sido como un gurú para mí, porque me ha inspirado y me ha mostrado que hay muchísimas maneras diferentes de aprender.

Los últimos 23 años hemos trabajado con personas catalogadas por el sistema como “fallas”, marginados que no han tenido acceso a la educación. Les ayudamos a encontrar un lugar donde puedan instalarse dignamente, libres de todo sentimiento de inseguridad e inferioridad. Esas personas también me han inspirado.

SC: Un concepto muy importante de tu vida y de tu filosofía de la educación alternativa ha sido el “desaprendizaje”: platícanos un poquito más qué es desaprender y cuáles son los elementos más importantes en este proceso. ¿Qué tenemos que tomar en cuenta todos los trabajadores de la educación y los que pensamos en hacer cosas diferentes?

MJ: Para mí, el trabajo más importante que hoy deben llevar a cabo los trabajadores de la educación es promover el desaprendizaje. Para ello hay un concepto clave: decolonización, el cual nos recuerda que las personas que diseñan los indicadores y las definiciones controlan el juego, que la persona que dice “así debe lucir el mapa del mundo” define muchas cosas más. Hasta ahora, mis amigos y yo hemos estado trabajando con mapas ajenos, aunque estos dispositivos no son necesariamente instrumentos de nuestros pueblos.

Tal vez, lo que necesitamos es, precisamente, liberarnos de ellos para estar vivos de verdad, porque hay una diferencia abismal entre el mapa y el territorio, pero nuestra conciencia colonizada nos lleva muchas veces a apartar la vista del verdadero terreno. El primer eslabón del desaprendizaje es cuestionar las definiciones con las que trabajamos: ¿Qué es el progreso? ¿Qué es el éxito? ¿Qué es el desarrollo? ¿Cuál es el significado de “una buena vida”? ¿Quién soy yo? ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Qué define a una persona educada? Y sobre todo, ¿quién decide las respuestas?

Cuando les pregunto a los abuelos en la India qué define a una persona sabia, ninguno responde que un grado académico; en su lugar siempre dicen: “Ser inteligente y venerable tiene que ver con la forma como tratas a los demás”. Para ellos, la conducta determina más la inteligencia que un título universitario.

SC: El desaprendizaje es una postura crítica de la educación tradicional. ¿Por qué es necesario desaprender lo que nos enseñan en la escuela?

Hasta ahora he trabajado en más de 40 países y en todos ellos el sistema educativo es más o menos el mismo: uno que trata de infundirles miedo y arrogancia a los alumnos. Mi abuela nunca tuvo miedo, porque sabía cultivar su propia comida, construir su casa, tejer su ropa, hacer comunidad. No aprendemos estas cosas en el sistema educativo, pero no es porque se hayan olvidado: fueron obviadas a propósito para infundirnos miedo por el dinero, la seguridad, el amor y el estatus. Hasta los que han obtenido dos o tres doctorados en Harvard tienen miedo, y eso es lo más irónico: una persona está más aterrada mientras más educación recibe.

Muchos colegas y estudiantes coinciden en la misma opinión: “La escuela trata de convencernos de que no somos buenos en esto o aquello”. A mí me dijeron desde niño que no era bueno en las artes, y cargué con esa idea durante 40 años. Por fortuna, mi hija es una grandiosa artista, y dado que quería pasar más tiempo con ella, me inspiré para volver a dibujar. Esa es otra de las características del desaprendizaje: reconocer que todos tenemos talentos bellísimos y ayudarnos entre nosotros para hacerlos emerger.

Ahora bien, el otro componente de la educación que mencioné al principio es la arrogancia. Cuando trabajé en la ONU, a menudo la gente esperaba que yo tuviera una respuesta para todos los problemas. Entonces despertaba a las tres de la mañana en el hotel, me miraba al espejo y me decía: “realmente no sé cómo resolver los problemas de estas personas”. Pero al otro día tenía que reunirme con el ministro de educación e inventar respuestas, porque se suponía que yo era el “experto”. No era cierto: los más grandes expertos que he conocido fueron personas como mi abuela, y lo peor es que muchas veces no las oímos; creemos que aún tenemos algo que enseñarles. Esto ha sido uno de mis desaprendizajes más profundos: ya no voy más a las comunidades a tratar de educarlos, sino que ahora busco desaprender y encontrar nuevas sabidurías e ideas para inspirar nuestro trabajo.

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