Hilos conectores: el poder cohesivo del bordado

14 | 12 | 2021

Más allá de su valor estético, el bordado tiene un potencial comunicativo que da voz a las comunidades y cuerpo a los movimientos.

El punto de cruz, el nudo francés, la cadenilla, las bastas, el fruncido: el bordado tiene su propio campo semántico, un léxico propio cuyos términos parecieran habitar los márgenes del habla cotidiana. Estas palabras son tan solo el significante para nombrar algo mucho más profundo, un sistema lingüístico cuya voz es una hebra que se danza sobre la tela para configurar significados de colores. Durante siglos, las comunidades —principalmente las mujeres— han utilizado los medios textiles para contar historias; desde el tapiz de Bayeux hasta el primer muestrario supervisado por la abuela, cada puntada relata su contexto, ya sea a modo de libro de texto o de diario personal.

Aunque sea un elemento fundamental en la vida diaria de todas las personas, las prácticas textiles (igual que la comida) se relegaron casi por completo al ámbito femenino y, por lo tanto, al espacio doméstico. Era un requisito implícito que todas las mujeres respetables, independientemente de la clase social, supieran manejar aguja e hilo, ya fuera con fines utilitarios o decorativos, pero siempre de manera estrictamente anónima. Hasta hace apenas unas décadas, los talleres de corte y confección figuraban frecuentemente entre las materias obligatorias en los colegios de niñas. De ahí que en la actualidad esta actividad se conciba muchas veces como una labor opresiva, pues muchas veces no era a partir del gusto y la comunicación, sino de la imposición y el silencio, que se configuraban los patrones en las esquinas de las servilletas.

Sin embargo, la misión apaciguante del bastidor pronto se vio coartada por la vivacidad inherente de la aguja, y, en muchas ocasiones, las reuniones de bordado se convirtieron en espacios para compartir ideas, lecturas, inquietudes y saberes. Más allá de las danzas del hilo sobre tela, estos eventos propiciaron el intercambio de puntos de vista para tejer verdaderas redes entre mujeres. Todo bordado es un diálogo que inicia adentro y luego florece hacia el exterior, que echa raíces en el hogar y lanza sus tallos a las calles, y cuyas historias desbordan el tejido.

La identidad colectiva de las puntadas

Alrededor de todo el mundo, las técnicas de bordado características de diferentes regiones han recibido el título de Patrimonio Cultural Inmaterial por parte de la UNESCO, pues su valor no reside en el objeto o manifestación en sí, sino en el conocimiento transmitido de generación en generación. Esta denominación reconoce la elaboración, el uso y el significado de los textiles como un elemento fundamental de la identidad de un pueblo. La indumentaria de una comunidad representa procesos mucho más complejos que simplemente hacer frente al clima: detrás de la vestimenta se mueven los hilos de la cosmovisión, la organización social, la estética y las prácticas valoradas por una sociedad.

El carácter colectivo de estas técnicas nos lleva a repensar los conceptos convencionales de autoría y posesión, pues los diseños rehúyen de las riendas de la propiedad privada. El pueblo de Santa María Tlahuitoltepec, al norte de Oaxaca, ha combatido el plagio y defiende su derecho a producir y vender sus bordados de manera comunitaria, de forma que sea el pueblo mixe —que lleva más de 400 años elaborando estas prendas— quien reciba el reconocimiento y retribución monetaria. Porque el origen de esta tradición de más de 400 años jamás tuvo fines comerciales, sino identitarios. Fidel Pérez Díaz, segundo regidor de educación y cultura de este municipio, explica que “los bordados (estrellas en el frente de la blusa y en los puños de las mangas) están en correspondencia con el modo y la forma en que vivimos, en la relación con la madre tierra”. 

En Jalisco, la población de San Andrés Cohamiata conserva la tradición del bordado wixárika como una suerte de reflejo de las líneas genealógicas. En el tejido que una madre hereda a su hijo se teje no solo el conocimiento de un oficio milenario, sino también una forma de mirar el mundo que se conserva más allá de la evolución de los diseños, los cuales se transforman a la par que las manos que las bordan, con sus gustos y sus intereses. Los patrones típicos de este bordado replican las interconexiones que existen en la naturaleza y plasman aquello que hay en el entorno, vinculando el sentido estético con la carga espiritual de todo lo que es sagrado para la comunidad, como venados, búhos, águilas y el peyote. Como explica Hawiema Paulita Carrillo Carrillo, “hay unas figuras que te heredan tu mamá o tu abuela, y tú quieres conservar esa figura y pasarles a tus hijas lo que su abuela les heredó”: los hilos entretejen mucho más que figuras, entretejen familias. 

La revolución del bastidor

En 1912, una mujer bordó en un pañuelo su experiencia durante la huelga de hambre en la prisión de Holloway, en Bristol, Inglaterra. Esta mujer fue Janie Terrero, encarcelada por romper una ventana durante una protesta sufragista. En la cárcel, las reclusas no tenían acceso a papel y pluma; sin embargo, al ser símbolos de feminidad y sumisión, hilo y tela circulaban libremente entre las celdas. Incluso se facilitaban espacios para bordar en conjunto, donde, pese a que hablar les estaba prohibido, las internas podían comunicarse y compartir testimonios con distintas puntadas.

Algunas décadas después y del otro lado del océano, las arpilleras alzaron las agujas en contra de la dictadura en Chile al representar sobre la tela la violencia para dejar registro de los eventos que el régimen se esforzaba en ocultar. En muchas ocasiones fueron las manos de las propias madres, hijas, hermanas y parejas de las personas desaparecidas quienes bordaron sus rostros y sus luchas. El trabajo de las arpilleras trenza lo político, lo estético y lo emocional en un grito de protesta que promete no olvidar (pues la memoria es la propiedad inherente del bordado) los nombres ni las caras de los seres queridos.

El dolor y la rabia fueron componentes fundamentales en la creación de todas estas piezas que, gracias a la colaboración con fundaciones de derechos humanos, encontraron un espacio en museos y galerías en el extranjero. Ya lo explica Katherine Droguett Briones: “el textil no ha sido solo un recurso para el quehacer del arte, también podemos encontrar situaciones y expresiones donde el textil se toma como un medio aglutinador de grupos o colectivos, donde el objetivo o la finalidad va más allá de una muestra de arte, tomando un discurso, para convertirse en un activismo social”.

A partir de la actividad del bordado se articulan mensajes que sostienen cosmovisiones propias y compartidas, de modo que, así como la identidad de una comunidad se construye a partir de la de los individuos que la integran, cada puntada es esencial para la configuración del tejido. En el campo semántico de la comunicación, el bordado se inscribe junto a la escritura, la voz y el dibujo. El bastidor soporta la tela y todas sus implicaciones: los ideales, los valores, las interconexiones. Durante siglos, el bordado ha sido un modo de ser y hablar, de compartir una mirada —una forma de mirar— y entablar diálogos cuyo origen doméstico y familiar se extienda por todas las ramas de la vida, para que no olvidemos nunca que detrás de cada hilo hay una mano, y cada mano guarda una historia.

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