Breve historia de las haciendas del sureste de México

09 | 10 | 2020

Espacios colmados de pasado, las haciendas de la península de Yucatán son testigos vivientes del paso del tiempo, maravillas arquitectónicas y tierra fértil para el futuro del mundo maya.

Las haciendas de México tienen una historia circular. Nacieron tras la Conquista y llegaron a su cúspide en el siglo XIX, luego decayeron (razón por la cual muchas hoy están en ruinas); pero, afortunadamente, en décadas recientes un buen número de ellas han sido rescatadas de su extinción y viven un renacimiento en todo el país —se han transformado en hoteles, centros culturales, casas privadas y sitios históricos. Las haciendas son tesoros arquitectónicos, monumentos al pasado hechos de piedra, que aún hoy susurran historias de una época que se ha ido.

La península de Yucatán fue hogar de una gran cantidad de haciendas desde el siglo XVI, y la particular combinación de riquezas en este territorio —3,000 años de cultura maya, exuberantes selvas, cenotes, sitios arqueológicos y una gastronomía extraordinaria— las convierte en lugares muy especiales que irradian belleza, cultura y naturaleza.

Terrenos de carácter latifundista, las haciendas surgieron como centros agrícolas, económicos y comerciales; todo esto las convirtió en centros sociales y también culturales, con sus zonas habitacionales propias, plazas, capillas, bodegas y pequeños centros comerciales conocidos como tiendas de raya. Una buena cantidad de ellas, incluso, desarrollaron monedas propias, destinadas a ser usadas por sus habitantes para consumir productos internamente. Se convirtieron, en pocas palabras, en pequeños pueblos cuya vida giraba en torno a las actividades productivas que ahí se desenvolvieron.

Las primeras haciendas  en el sureste de México fueron estancias ganaderas y maiceras; pero a partir de mediados del siglo XIX y hasta mediados del XX, la gran mayoría se ampliaron para convertirse en haciendas henequeneras, y muchas más fueron construidas con el mismo fin. 

Las haciendas de la península de Yucatán poseen una arquitectura propia, desarrollada en su mayoría por arquitectos españoles o italianos, que usaron estilos arquitectónicos como el morisco, el renacentista y el neoclásico; esto resultó en un sincretismo que unió dichas tradiciones europeas con materiales y estilos autóctonos al utilizar prácticas arquitectónicas mayas como, por ejemplo, la amplitud de sus espacios de reunión, la manera en que estos están interconectados a favor de la convivencia y las distintas formas en que se adaptaban con los espacios naturales.

La industria del henequén, planta del género del agave (ki, en lengua maya), produjo grandes ganancias durante casi un siglo porque sus resistentes fibras eran usadas para la fabricación de costales, cestos, hilos, sogas y cordones, entre otros. En algún punto, esta industria llegó a mercados europeos y norteamericanos —razón por la cual el henequén fue conocido como “oro verde”.

Pero la planta de henequén fue en realidad producto de la domesticación de la especie silvestre de agave, Agave angustifolia, por parte de los mayas antiguos; esto resultó en la planta cultivada en dichas haciendas, Agave fourcrydes —cuya fibra, en maya, se conoce como sóoskil. Tradicionalmente, los mayas desfibraban el henequén manualmente, con un pakché, instrumento compuesto por dos piezas de madera para raspar el henequén, un trabajo físico pesado y desgastante. Posteriormente, este proceso comenzó a hacerse con una máquina que era movida por mulas o bueyes; finalmente, se usaron máquinas de vapor y luego de diésel. Después de este proceso, las fibras se dejan secar y se procesan en otra máquina que une los hilos sueltos de las fibras para resultar en cintas continuas.

A inicios del siglo XX, había más de 1,100 haciendas henequeneras activas en el sureste de México, pero cinco décadas más tarde la industria del henequén vería un desplome dramático con la creación y comercialización de fibras sintéticas, como el polipropileno. Esto dejó a dichas haciendas en el olvido, y estos impresionantes espacios quedaron abandonados y en ruinas.

En 1996, comenzó la restauración deun grupo de haciendas en la península de Yucatán por parte de instituciones privadas y públicas. Hoy, existen alrededor de 150 haciendas restauradas, algo que permite conservar el patrimonio —material e inmaterial— del pueblo maya actual y de esta hermosa tierra. Además, estos proyectos han favorecido la protección, regeneración y apreciación de flora y fauna local, y activado proyectos sociales y culturales.

Ochil, una de estas haciendas restauradas, fue convertida en 1999 en un centro cultural, en proceso,  que tiene el propósito de inspirar a viajeros y visitantes a descubrir la cultura maya actual: su arte, su gastronomía, su selva y su filosofía —con miras a la puesta en práctica de una economía regenerativa y sustentable.

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