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La historia del higo y la avispa

03 | 06 | 2021

La singular relación que existe entre una especie de avispa y la fruta de la higuera muestra la preciosa conexión que existe entre todos los seres vivos de nuestro planeta.

Dentro del mundo natural, todo está conectado de forma íntima y casi inverosímil. El tamaño no importa: podríamos hablar de bacterias microscópicas o de bosques enteros de árboles frondosos: todos los seres vivos existen como parte de una melodía cuyos distintos sonidos no podrían existir el uno sin el otro. Es el caso particular de la Blastophaga psenes —conocida también como avispa del higo— y el precioso fruto púrpura que crece del árbol que ha alimentado al ser humano durante miles de años.

La relación entre estos dos seres es un ejemplo perfecto de simbiosis, un mecanismo que conecta a seres vivos de distintas especies en una relación a la que podríamos referirnos como de “ayuda mutua”. Se trata del resultado de años de evolución y su existencia resume lo que somos.

Ayuda mutua

La simbiosis es, a grandes rasgos, una relación a través del cual dos individuos interactúan para generar un ciclo; las especies involucradas en este tipo de correspondencia reciben un beneficio de ella. Uno de los ejemplos más conocidos de esto es la particular relación que existe entre el pez payaso y las anémonas. Estas últimas son depredadoras marinas y poseen tentáculos venenosos que, curiosamente, no afectan al pequeño pez anaranjado. De hecho, el payaso se refugia y se reproduce dentro de la anémona; a cambio, el movimiento del pez ayuda a oxigenar los tentáculos de la anémona porque genera un mayor flujo del agua cerca de ella. Este tipo de simbiosis se llama mutualista —ambos participantes reciben un beneficio.

Entre la avispa y la higuera también existe una simbiosis mutualista: mientras que los higos requieren de la presencia de este tipo de insecto para su proceso de polinización, las avispas usan al Ficus (específicamente sus frutos) para asegurarse de que sus crías tengan un lugar seguro para gestarse. La imagen es poderosa: la avispa se posa en el higo para para libar el néctar –azúcar puro– y dejar sus huevecillos; a cambio, el insecto forma parte de su proceso reproductivo y lo facilita.

El ciclo de la vida (una pequeña historia)

Sería fácil pensar que al morder un higo encontraremos semillas, pero en realidad, lo que vemos ahí son flores unisexuales. Estas pulpas son agentes de polinización para un tipo de avispa particular, la avispa del higo, que pertenece a la superfamilia de las Chalcidoideas y cuya característica principal es su diminuto tamaño.

La historia inicia en las flores féminas del higo, ya que maduran más rápido y son las que se encuentran listas para recibir el polen que traen las avispas hembras después de haber estado previamente en otra parte de la higuera. Los insectos ingresan al fruto por el ostiolo, un orificio muy pequeño que está en la parte inferior del fruto. Cuando la avispa consigue entrar, deposita sus huevos en la flor que ya está adaptada para hospedar a las crías.

El siguiente capítulo de este pequeña relato comienza con el nacimiento de las avispas macho. Al llegar al mundo, estas tienen que copular inmediatamente con las hembras y posteriormente cavar unos túneles que serán la ruta de evacuación para las avispas que ahí nacerán en breve. Es curioso (y dramático) que la única función de los machos sea nacer, reproducirse, hacer un orificio de salida y morir. Los machos nunca abandonarán la higuera, ya que no tienen alas y son ciegos. 

Después de nacer, las avispas hembra salen por estos túneles y todo empieza de nuevo.

La historia de las avispas del higo y su proceso de reproducción guardan dos lecciones deslumbrantes: por un lado, nos recuerdan el innegable hecho de que la vida está interconectada de formas asombrosas (algo que frecuentemente olvidamos) y, por el otro que, en la naturaleza, lo más importante es la vida que da paso a otras vidas —una reflexión más que pertinente en un mundo como el que habitamos.

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