Lo que los árboles pueden enseñarnos sobre la vida y el tiempo

02 | 10 | 2020

Hermann Hesse sabía que los árboles tienen lecciones que enseñarnos (sólo necesitamos aprender a escucharlas).

La discreción de los árboles no ensombrece la contundencia de su existir, ni la sabiduría que susurran en silencio. Son seres que habitan nuestro mundo de forma profundamente distinta a nosotros, pero al hacerlo, lo llenan de fuerza, verdad y belleza.

Los árboles pueblan leyendas, mitologías y cosmogonías de todos los rincones del mundo —un ejemplo cercano a nosotros es la ceiba, el árbol sagrado de los mayas que, de acuerdo a sus mitos, sostiene el cielo con sus ramas y teje el inframundo con sus raíces. Además, una enorme cantidad de artistas y escritores han hecho sus propios homenajes a los árboles. Pero existe uno que sobresale por su preciosa simpleza y poesía, el hecho por el escritor alemán, Hermann Hesse.

A pesar de que su prosa narrativa y sus ensayos son más ampliamente conocidos el día de hoy, en 1920 Hesse escribió El caminante (Wanderung), un libro que hace las veces de diario de viaje y que mezcla prosa, poesía y acuarelas hechas por el mismo Hesse —esta técnica fue uno de los pequeños placeres de su vida, esos que él siempre defendió como grandes tesoros. Este libro tomó como punto de partida un viaje a Italia para integrar una serie de estampas, reflexiones, ilustraciones y piezas poéticas —una travesía geográfica que resultó en un viaje interior en el que el destino no es tan importante como el viaje.

En el paisaje que recorrió Hesse descubrió verdades que supo plasmar bellamente, y entre las páginas de dicho volumen, hay un pasaje en el que habla sobre los árboles y su existencia vegetal; sobre su contundente resistencia a la intemperie y sus rigores; sobre la manera en que su existir apuntala lo infinito (de ahí, quizá, sus múltiples representaciones como ser y espacio sagrado, como santuario); y, también, sobre cómo los árboles viven con una sola misión “representarse a sí mismos” (dicho de otra manera, su profunda relación con la verdad). Hesse habla también de la pureza de las leyes que rigen a un árbol, que no obedecen a doctrinas o creencias sino, simplemente, a la ley de la vida.

Finalmente, en una de las secciones más deslumbrantes de este pequeño texto, Hesse habla sobre lo que los árboles podrían enseñarnos sobre el tiempo, y cómo la temporalidad que envuelve a estos seres podría convertir nuestra prisa y ansia de brevedad en actitudes infantiles, incluso inútiles. Quizá el tiempo en el universo de los árboles, tiene una elasticidad distinta y llena de sabiduría.

A continuación, el extracto del texto de Hesse sobre los árboles:

En sus copas susurran el mundo, sus raíces descansan en lo infinito, pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de su existencia una sola cosa: cumplir su ley propia, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos. Nada hay más ejemplar y más santo que un árbol hermoso y fuerte. Cuando se ha talado un árbol y éste muestra al mundo su herida mortal, en la clara circunferencia de su cepa y monumento puede leerse toda su historia: en los cercos y deformaciones están descritos con facilidad todo su sufrimiento, toda la lucha, todas las enfermedades, toda la dicha y prosperidad, los años frondosos, los ataques superados y las tormentas sobrevividas. Y cualquier campesino joven sabe que la madera más dura y noble tiene los cercos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro constante crecen los troncos más fuertes, ejemplares e indestructibles.

Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar por ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas; predican indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

Un árbol dice: en mi vida se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre Tierra. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.

Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo hasta el fin del secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es.

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