México y sus grandes exploradores

01 | 02 | 2022

A lo largo del tiempo, nuestro país ha sido narrado y reimaginado por grandes exploradores. Estos son algunos de nuestros predilectos.

Durante siglos, una de las grandes fascinaciones del ser humano ha sido explorar el mundo que habita. Quizás esto se debe a que la posibilidad de conocer tierras incógnitas es también inventarlas. Desde la antigüedad, el acto de viajar ha sido una ejercicio que permite abrir nuestra mente y encontrarnos con nosotros mismos (y todas nuestras posibles proyecciones) en esos territorios que son tierras vírgenes en más de un sentido. Por ello, esas travesías tienen siempre una naturaleza doble: son viajes exteriores y, al mismo tiempo, interiores. Un ejemplo perfecto de esto son los viajes que se hicieron por el territorio mexicano y los muchos Méxicos que de ellos resultaron.

La visión que tenemos de los viajes se ha transformado a lo largo de la historia. Para las religiones antiguas las travesías eran importantísimas. Esto se puede ver no solo en la salida de Ítaca de Ulises y las aventuras que no nos hemos cansado de imaginar, sino en algunas creencias religiosas de la Edad Media, por ejemplo, relacionadas con los peregrinos y sus viajes —la posibilidad de expiar partes del ser a través del contacto con lo divino.

Y a pesar de la importancia que siempre tuvieron los viajes, antes del siglo XIII, el mundo conocido era pequeño y, también, era plano. Aventurarse más allá de los límites conocidos era un acto atrevido y a veces mortal. Las exploraciones —el atestiguar en carne propia lo otro, lo lejano, la posibilidad de ver lo que nadie había visto— eran peligrosas: los barcos se hundían o se perdían en los mares, y las tierras remotas podían ser hostiles en más de un sentido.

Afortunadamente, las vicisitudes no limitaron a los exploradores y a aquellos dedicados a edificar barcos y mapas (como estos hermosos mapas de Yucatán). Su tarea era arriesgada, pero nunca imposible. Con el paso de los siglos, la tecnología naval avanzó y aventureros como Marco Polo se abrieron camino entre los sinuosos paisajes de Asia y los mares desconocidos. Poco a poco, los barcos encontraron la manera de llegar más lejos y la cartografía del mundo se hizo más extensa y precisa; fue entonces cuando los viajeros aprendieron a seguir el camino que marcaba la estrella polar.

Tras años y años de prueba y error, en el mar, las montañas, los desiertos y las selvas, se descubrió que la Tierra no terminaba donde se creía y que tampoco tenía la forma que durante siglos se le atribuyó. Los grandes exploradores descubrieron que el mundo iba más allá de Finisterre y de las enormes olas del Atlántico.

Y, un día, los exploradores europeos llegaron a América.

Los mil viajes a México

La conocida Era de los Descubrimientos o de las exploraciones —que inicia en el siglo XV y se extiende hasta el XVII— supuso, para los territorios americanos (ese “nuevo mundo”), una gran cantidad de navegantes españoles, portugueses y, más tarde, británicos y holandeses que se hacían a la mar y terminaban por llegar a playas desconocidas en busca de tierras, riqueza y poder. Estos siglos también implicaron un gran impulso a la cartografía (que también fue un portentoso arte) y sus posibilidades de representar, aunque fuera de manera ficticia, los territorios en un plano.

Con la conquista de México, las rutas a América fueron más claras y un gran número de europeos visitaron el territorio que hoy es nuestro país —entusiastas de ver  un lado desconocido del planeta y de hacerse de todo lo que estas tierras desconocidas pudieran darles.

Lo que encontraron no fue poca cosa. Los conquistadores europeos atestiguaron civilizaciones sofisticadas y completamente distintas a las suyas —una concentración de riqueza cultural y natural pocas veces vista. Solo en este lugar del mundo, México, se encontraron con dos penínsulas, cientos de especies, vegetales, animales y un vasto grupo de asentamientos humanos con lenguas y tradiciones sorprendentes.

En sus crónicas, diarios, mapas y bitácoras, los grandes exploradores que llegaron al territorio mexicano hicieron sus propias lecturas de esa nueva realidad, y esos registros son parte, de una u otra forma, de lo que hoy pensamos como México; porque escribir, describir, mapear y delinear algo es también inventarlo.

Estos son algunos de los grandes exploradores cuyos ojos asombrados encontraron un México que podría describirse, por decir lo menos, como espectacular.

Frederick Catherwood y el mundo maya

Pirámide principal de Tulum. Mapa publicado por Catherwood en 1844.

Nacido en Hoxton, Inglaterra, Frederick Catherwood fue muchas cosas: arquitecto, pintor, fotógrafo, pero sobre todo fue un explorador con una manera particular (y fascinante) de ver el mundo. Dedicó su vida a buscar vestigios de culturas antiguas y a intentar capturarlas. Viajó a lo largo del Mediterráneo y recorrió zonas arqueológicas en Grecia, Egipto, Cartago, Fenicia, Turquía y Palestina. En 1836, conoció a John Lloyd Stephens, un escritor que, como él, estaba ávido de nuevas culturas y nuevos paisajes. Tras leer publicaciones sobre el pasado precolombino y la selva del sureste mexicano, los dos decidieron que su siguiente destino sería América, para ver y registrar los portentosos restos de la antigua cultura maya con sus propios ojos.

Después de un viaje largo en el que tuvieron que internarse en la jungla y adaptarse a la vida y formas de las comunidades por las que pasaban, llegaron a la zona maya en 1838. Visitaron alrededor de 44 sitios arqueológicos, sobre los que Stephens escribía y Catherwood ilustraba, con la ayuda de su cámara lúcida. Este riguroso trabajo les permitió ser parte de un hallazgo único, ya que muchos de los espacios que visitaron se encontraban en el olvido, algunos habían sido casi cubiertos por la desbordante naturaleza de la selva. Los artistas no solo trajeron esos vestigios a la vida, sino que los inmortalizaron a través de las palabras y de los dibujos que hicieron. El impacto de su travesía fue tal que los exploradores regresaron en una segunda ocasión.

De sus vivencias en tierras mexicanas, nacieron dos libros: Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatán (publicado en 1841 tras el primer viaje) e Incidents of Travel in Yucatán (publicado en 1843, después de su segundo viaje). Estos ejemplares, muy populares en el momento, llevaron el esplendor de la cultura maya a Europa y América del Norte. En 1844, Catherwood publicó Views of Ancient Monuments in Central America, Chiapas and Yucatán, una obra ilustrada con 25 litografías a color de distintas edificaciones mayas. Esta pieza es una oda a las piedras y a la capacidad de transmitir su poder en papel.

Alexander von Humboldt, amante de volcanes

Mapa de México hecho por Humboldt, 1811.

Humboldt fue un aristócrata alemán —científico, romántico, esteta y escritor— que dedicó su vida a recorrer el mundo. En 1803, realizó un viaje que duró aproximadamente cinco años, durante el cual recorrió el territorio mexicano, donde permaneció alrededor de un año. Acompañado por expertos en navegación, desembarcó en Acapulco y trazó un mapa de la bahía, usando brújulas, compases y los instrumentos cartográficos que siempre viajaban con él.

A cada lugar que iba, Humboldt levantaba muestras de flora, fauna, tipos de suelo y demás evidencia de la riqueza que encontraba. Acostumbraba comunicarse con los habitantes de los lugares para saber cómo vivían y pensaban. Visitó varias minas en Pachuca, Real del Monte y Guanajuato. Entre sus grandes hazañas dentro del territorio mexicano, se cuenta la de intentar hacer un censo de población y crear una bitácora ilustrada, gracias a la cual podemos saber cómo se veían algunos de los paisajes mexicanos antes del siglo XIX.

Además, Humboldt era un apasionado de los volcanes. A su paso por Michoacán visitó el volcán Jorullo que había hecho erupción cuatro décadas atrás; también subió el Pico de Orizaba y calculó la altura del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.

A su paso por la Ciudad de México, Humboldt visitó el Palacio de Minería y tuvo la oportunidad de ver el calendario azteca que lo fascinó inmensamente.

Carl Lumholtz en el norte de México

Retrato de Carl Lumholtz, 1889.

Lumholtz no se parece a ningún otro explorador del siglo XIX. Nacido en Noruega, su vocación de antropólogo lo llevó a conocer el mundo desde una mirada empática y profunda. Fue uno de los pocos viajeros que pasó tiempo con los entonces famosos caníbales de Australia; también hizo viajes a la India para conocer la esencia de los pueblos antiguos de ese subcontinente. Su fascinación por estudiar la otredad lo llevó a soñar con México.

El explorador llegó a nuestro país como parte de una expedición financiada por el Museo Americano de Historia Natural para reforzar las relaciones entre México y Estados Unidos. Su misión era estudiar de cerca las comunidades indígenas del noreste y occidente del país. Sus expediciones tuvieron lugar entre 1890 y 1905; y todas ellas tenían la finalidad de indagar en zonas desconocidas del territorio nacional.

La sensibilidad de Lumholtz le permitió acercarse a las poblaciones que visitó en nuestro país de una forma poco común en ese entonces; para la mayor parte de los exploradores europeos del siglo XIX, las poblaciones nativas resultaban seres exóticos y, de muchas formas, “conquistables”.  Pero el explorador noruego se acercó con curiosidad y respeto: habló con los habitantes de los territorios que visitó para entender su día a día y, también, formó parte de sus rituales. Esto le dio una mirada profunda y la posibilidad de ver de cerca algo desconocido incluso para algunos mexicanos.

Lumholtz escribió sus vivencias en papel y también las registró con su cámara; captó las postales precisas de la vida indígena del norte de México: un collage de momentos cotidianos y poco conocidos en el que se puede admirar el esplendor de los tarahumaras, de los huicholes y de los tepehuanos, por solo mencionar algunos cuantos pueblos.

 El trabajo de Lumholtz es excepcional. Durante sus seis viajes a nuestro país, escribió decenas y decenas de artículos, a veces dirigidos a la antropología, otras a la arqueología y otras a las ciencias naturales. Uno de sus trabajos más aplaudidos fue México desconocido, un gran compendio de textos en los que asegura que, cuando llegó por primera vez, venía acompañado de un séquito de humanos y animales; pero, después de caminar por Chihuahua, descubrió que era mejor estar solo, porque así la gente de las comunidades era más abierta a su presencia.

Gemelli Careri, uno de los primeros turistas en México

Retrato de Giovanni Francesco Gemelli Careri, 1719.

Explorador italiano nacido en Calabria en 1641, Giovanni Gemelli Careri fue uno de los primeros exploradores que recorrió el mundo entero (o una buena parte de él), inspirando con sus viajes el famoso libro de Julio Verne, La vuelta al mundo en 80 días.

Gemelli recorrió numerosos países de Europa y, después de enfrentar problemas en su profesión como jurista, decidió hacer un viaje alrededor del mundo. Su travesía lo llevó a tierras lejanas como Persia, Armenia, Israel, Egipto, India, China, Macao y las Filipinas. El italiano dejó para la posteridad detalladas narraciones de estos viajes en un volumen titulado Giro Intorno al Mondo, dividido en seis volúmenes publicados entre 1699 y 1700.

Tras haber recorrido algunos países asiáticos, Gemelli viajó durante más de cinco meses en un galeón llamado San José, que surcó el Pacífico desde Manila y desembarcó en Acapulco en 1697. Después de un tiempo en Guerrero, Gemelli se dirigió a la capital de México y encontró uno de los lugares que más le gustaron, el Convento del Carmen de San Ángel y su huerta llena de frutas.

Una vez en la Ciudad de México, Gemelli se volvió famoso entre la aristocracia local por sus relatos y sus libros (ya había publicado los primeros volúmenes de Giro Intorno al Mondo). Ahí, contó a los comensales de las fiestas de alcurnia sobre el agotador viaje que realizó a Acapulco, una travesía marítima insoportable en la que todos los tripulantes enfermaron; también narró el sismo que vivió en la población de Zumpango del Río, Guerrero, y su visita a las majestuosas ruinas de Teotihuacán. Gemelli también conoció al famoso erudito jesuita Carlos de Sigüenza y Góngora.Gemelli dejó plasmados sus días en México —como su encantadora narración del día que visitó el canal de Jamaica y comió chocolate, atole y tamales.

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