Patáfora de quien corre tras una gorra

07 | 07 | 2022

La ‘patafísica es la ciencia que estudia las leyes que rigen las excepciones. Aquí nos servirá para estudiar la excepcionalidad de las prendas para cubrir la cabeza.

Las designaciones colectivas son consensos arbitrarios. Asignamos nombres universales cuando un número concreto, pero parcial, de atributos comunes entre objetos nos da la idea de una semejanza constante. La suficiencia del número y la magnitud de estos atributos (lo que hace que los perros sean perros y no manzanas; las manzanas, manzanas y no personas; las personas, personas y no domingos; los domingos, lunes y no viernes…) es apenas un poco menos arbitraria que esa primera asunción —¿a las fabulosas sirenas del Emperador las define el ser sirenas, la posesión imperial o su prodigio?

Aunque el ímpetu de esta conjetura nos pide inferir que la tipología de estos atributos también es arbitraria e infinita, para nuestra fortuna no es infinita, y no es puramente arbitraria. Comprobamos lo primero porque ordenamos las cosas por fachadas, genealogías y usos, no más; otros parámetros (aficiones, afectos, efectos, defectos…) son variaciones de alguno de estos tres principios. Comprobamos lo segundo porque una taxonomía tan moderada no nos deja mucho margen de acción. Esta es una paradoja que las ciencias no han podido resolver desde que se les apareció en una pesadilla decimonónica (nos referimos a la novela neocientífica Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico): contamos con un sinnúmero de cajas mentales para almacenar y ordenar nuestro saber acerca de un mundo que carece de toda clasificación nata.

El pensamiento universal es una arbitrariedad metodológica. Pero no es que el mundo sea irregular en su médula, sino que se trata de una cosa regular que constantemente se encapricha. Nuestra mayor dificultad científica está en saber qué hacer con los fenómenos que son lo suficientemente excepcionales para darse a notar, pero tan poco anómalos como para que no podamos compararlos entre sí —y no sabemos qué hacer con el hecho de que todos los fenómenos cumplen ambas características, en mayor o menor medida. Ayer salió el sol al amanecer, como hoy en la mañana; cuando desperté el 24 de abril de 2014, allí estaba su brillo, muy parecido al que iluminó el alba siguiente: me he convencido de que puedo esperar lo mismo mañana porque un día es igual a otro y a otro, pero también comprendí que no podré quejarme si al rato inicia la noche eterna, porque veo los días pasar, pero no veo por ninguna parte al Tiempo (con mayúscula).

La ley de las excepciones

Pensar los universales es un procedimiento arbitrario; teorizar lo particular no lo es menos, pero tiene una ventaja sobre el pensamiento generalista: la seguridad procedimental y discursiva de lo concreto.

Hay una ciencia que estudia las leyes de la excepcionalidad: la ‘patafísica, así, con apóstrofe, para “sortear los retruécanos fáciles” que pueden aparecer en francés: patte à physique (“la pata de la física”), pas ta physique (“no tu física”), etcétera. Su objeto es el fondo consensual de esas cosas que llamamos leyes y que nos excusan para cuestionar la suficiencia de lo regular; como la excepción es su regla, y esa regla se regula a sí misma, su método es una actitud irónica y hasta gozosa de lo que está más allá de lo que se manifiesta. La ‘patafísica es la ciencia que estudia la excepción de la excepción, teoriza las leyes que lo singular se impone a sí mismo, celebra la irregularidad universal y sugiere que las libertades no toleran la norma.

Tal vez no hay un objeto con más propiedades patafísicas que una gorra (en general, a casi todo género de prenda concebida para la cabeza puede atribuírsele este prodigio). Pero no es que esas cosas sean excepcionales: lo es la forma específica en la que el gesto de cubrirnos la cabeza nos permite negar toda generalidad de uso. Lo específico de la gorra es que se impone a sí misma la ley del absurdo. No de esta manera el nombrado prodigio, pero digamos que sí: las gorras existen para negarse a sí mismas, y lo hacen dinamitando sus disposiciones usuales. Y ya que andamos en negación, aún podemos complicar más esta hipótesis: probablemente, el sombrero (este sombrero), la gorra (esta gorra) y el gorro (este gorro) son cosas que solo existen para convencernos de que son cosas que nuestras cabezas necesitan.

Las prendas que destinamos a nuestras cabezas son las únicas que usamos hasta cuando no hacen falta, pero sin otorgarles con ello un fin ornamental acabado: nos descalzamos si sabemos que no caminaremos más o cuando andaremos sobre una superficie más agradable que la del fondo de nuestros zapatos, sacamos esos collares del joyero si sospechamos que habrá ojos que los admirarán en nuestros cuellos, ese anillo es una confesión y un imperativo dócil (“estoy casado, no lo intentes”)… En cambio, usamos el sombrero para darnos sombra aún bajo techo; hacemos el ridículo de correr tras la gorra cuando el viento nos la arranca de la cabeza, aunque sabemos que la vanidad no es fresca ni desahogada; nos cubrimos la cabeza para que nadie note que en ella no queda nada. Ahí está su punto: la gorra tiene usos irregulares y propósitos que muy pocas veces observamos.

Nuestras cabezas no están hechas para sostener una gorra

Al entrar en ese juego, al usar la gorra, al negar sus funcionalidades esenciales, nos sometemos a su ley; al hacerla contradecir sus designios, reafirmamos nuestra obediencia a ella. Ya sabemos que a la patafísica le interesa lo excepcional; que las excepciones más vistosas son las que suceden dentro de un mismo sistema, y que por eso el objeto más preciado de esta ciencia es la contradicción; que la gorra es la cosa más patafísica, porque es la menos patafísica (más que negada, es una cosa abocada a la autonegación), y también que es una propedéutica para nuestra propia excepcionalidad. Ahora sabemos que la gorra nos ayuda a estar en paz con nuestras irregularidades, inconstancias, insignias, soledades y hasta ridiculeces (escribió Chesterton algo así: “cuando la gente dice que algo es humillante, quiere decir que es cómico”) a cambio de sumisión.

El problema de la gorra es que nos hace contradecirnos. Por eso, y tal vez, para circundar su ley iconoclasta (para tomar tanta distancia de ella como la que separa a la ‘patafísica de la metafísica) y recuperar nuestra libertad, solo nos queda inutilizarla. Hay que obviar la gorra. A lo mejor esa es la única forma de transgredirla: no usarla, porque corremos el riesgo de volverla el centro de nuestras naturalezas, de entronizar la sombra, de hacer que su caos involuntario se vuelva ley en este abrirnos paso a través de esta fatigosa esfera que llamamos “mundo”, y su sol irremediable. Para darnos nuestra ley hay que desdecirla, y para desdecirla hay que desusarla, pero no dejar de correr tras ella cuando el viento nos la arranca de la cabeza (Chesterton también dijo algo así: “las cosas que valen más la pena son también las más cómicas”).

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