Reflexiones sobre conservación (para un mundo en emergencia)

24 | 12 | 2020

Hoy, más que nunca, es imperioso revisar y reinventar la manera en que habitamos nuestro planeta.

El planeta Tierra es nuestro hogar —ignorar ese hecho es un acto de autodestrucción innegable. En ocasiones podría resultar sencillo cerrar los ojos, dar la espalda a la enorme emergencia que nuestro planeta enfrenta —y es que se trata de una realidad devastadora. Hemos contaminado el aire, el agua y la tierra, en muchos casos de forma irreversible; las comunidades e industrias humanas utilizan de manera irresponsable los recursos naturales, y dañan a los ecosistemas del planeta —y, por ende, a las poblaciones de seres vivos que los habitan.

Es importante recordar que esta realidad es resultado de algo muy complejo: el ser humano pareciera ignorar que contaminar los mares y talar los bosques, causar la extinción de especies animales y vegetales, vivir de industrias que alimentan el calentamiento global, son actos que, tarde o temprano, acabarán con nosotros también. Absolutamente todas estas decisiones nacen de un razonamiento completamente alejado de la realidad: los seres humanos se han considerado, durante mucho tiempo, amos de este planeta y no una parte de él. Ignoramos que somos una especie más cuya existencia forma parte de una intrincada y delicada red de vida que debiera sernos sagrada —cualquier daño a nuestro hogar y a los seres con los que lo compartimos es un daño a nosotros mismos.

Los números

Las cifras que reflejan el daño que el ser humano causa al planeta son irrefutables. Cada año, por ejemplo, se utilizan 500 billones de bolsas de plástico, y algunos estudios indican que para 2040, la basura hecha de plástico, que por lo general termina en los mares de la Tierra, se triplicará de no tomarse medidas drásticas. Las cifras que reflejan y registran el calentamiento global son alarmantes: las alzas en la temperatura del planeta en años recientes están entre las más altas en los últimos 140 años.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la contaminación del aire mata a siete millones de personas cada año; un artículo publicado por The Guardian hace pocos meses establece que el 40% de las especies de plantas del planeta están en riesgo de extinguirse; y, finalmente, existen análisis científicos que una indican que hay 500 especies de animales en riesgo de desaparecer. Estamos en el umbral de una extinción masiva, pues la biodiversidad del planeta decrece de maneras nunca antes vistas —todo ello resultado de las malas decisiones tomadas por las sociedades humanas durante siglos.

La lista sigue y es desgarradora. Pero lo importante sería, en este punto, preguntarnos qué tanto estamos haciendo para frenar estos procesos, y si eso que se está haciendo tendrá los resultados suficientes, a tiempo —porque sí, estamos en una carrera contra el tiempo. A pesar de que existen muchísimas personas y organizaciones, públicas y privadas, que trabajan para aminorar o frenar la catástrofe planetaria desde distintos lugares, pareciera no ser suficiente. En ese sentido, cada esfuerzo hecho por corporaciones, organizaciones, fundaciones, iniciativas o personas es de enorme valor.

Lo grande y lo pequeño

Para un individuo, viviendo en las sociedades actuales, es fácil sentirse rebasado por la situación ecológica del planeta. Esto es comprensible: una enorme cantidad del daño hecho a nuestro planeta y sus ecosistemas resulta de actividades a gran escala —como la generación de energía, el transporte y una gran cantidad de industrias— sobre las que la mayoría de la población tiene, lamentablemente, poca injerencia. Además, la regularización de dichas actividades, en términos legales y políticos, muchas veces responden a intereses independientes a la salud del planeta.

Pero, pensando en escalas: ¿qué pasaría si todos los ciudadanos del planeta hicieran un esfuerzo por no consumir productos hechos de plástico?, ¿qué pasaría si todos los habitantes de la Tierra dejaran de consumir, al mismo tiempo, productos que resultan de actividades nocivas para nuestro planeta?  Se trata de un pensamiento utópico y poco posible por muchas razones, pero el ejercicio es útil al momento de dimensionar los posibles efectos que puede tener la toma de decisiones masivas respecto a nuestra forma de relacionarnos con la Tierra. Tal vez todos podemos hacer algo, por más pequeño que sea, si lo hacemos juntos: lo masivo está hecho de esfuerzos individuales.

En este sentido, las acciones pequeñas, decisiones que todos podemos tomar todos los días, sí podrían hacer una diferencia si compartimos la información correcta e invitamos a las personas que están cerca de nosotros a seguirlas —en algo que podría funcionar como una red de comunidades comprometidas con su entorno.

Algunas de estas acciones son sencillas e incluyen no desperdiciar la luz y el agua; reducir nuestro consumo de plásticos; escoger, en la medida de nuestras posibilidades, productos biodegradables para usar en nuestra vida cotidiana; utilizar la bicicleta o caminar siempre que podamos  en vez de trasladarnos en automóvil; hacer lo posible por reutilizar y reparar, en vez de desechar los objetos de nuestra vida cotidiana, entre muchos otros.

La pandemia y sus efectos

Los confinamientos humanos realizados a raíz de la pandemia de coronavirus han puesto en la mesa planteamientos que es importante atender. Además de haber hecho evidente la profunda desigualdad que impera en nuestras sociedades, esta crisis mundial ha visto la disminución en la movilidad humana, lo que ha resultado en niveles más bajos de contaminación en el aire (recordemos que una de las actividades humanas más nocivas en términos ecológicos es, precisamente, el transporte). La pandemia también ha resultado en la reaparición de especies de animales en lugares de los cuales se habían retirado (en algo que podría verse como una serie de pequeños milagros).

Estas señales resultan esperanzadoras porque tuvieron lugar tras solo algunos meses de la reducción de ciertas actividades humanas. Quizá una de las muchas lecciones que esta crisis tiene para nosotros es que muchas veces utilizamos muchos más recursos de los que necesitamos: es un hecho que vivimos en sociedades en las que el desperdicio y la inconsciencia se han normalizado.

Un buen ejemplo de todo esto son todas esas empresas que han funcionado bien a distancia. El hecho de que los trabajadores de una cierta oficina o corporación no usen un automóvil todos los días para transportarse hasta su centro de trabajo no significa, necesariamente, que el trabajo no se lleva a cabo. Esta es solo una de las muchas lecciones que la pandemia nos ha regalado —y que sería lamentable no tomar en cuenta.

Las nuevas generaciones

En pocas décadas, el planeta será habitado por todas esas generaciones que ahora se encuentran en su infancia. Por esta simple razón, la educación que puede dársele a los niños, específicamente aquella en torno a la relación que la humanidad ha mantenido con su planeta y los seres que lo habitan, es de vital importancia. Quizá son esas generaciones las que podrán disfrutar de aquello que las nuestras se dediquen a conservar.

Una de las más importantes lecciones que la humanidad necesita aprender implica una realidad que, a pesar de ser obvia, es ignorada frecuentemente: el ser humano no es el dueño del planeta Tierra y todo lo que ahí existe, es solo una parte de él. Tratar con respeto a nuestro planeta y a nuestros vecinos es, en realidad, tratarnos respetuosamente a nosotros mismos como especie.

La basura de todos

En Fundación Transformación, Arte y Educación (TAE) y  La Vaca Independiente creemos que la creación artística es capaz de regalar experiencias y aprendizajes que nos invitan a retar nuestro entendimiento del mundo, para explorar alternativas de cómo existir y coexistir como parte del mismo. La basura de todos es una iniciativa que busca generar conciencia en torno al vasto ecosistema del cual formamos parte, para así responder al impacto que tienen nuestras acciones; confrontar la fragilidad, la contaminación, la degradación ambiental y la desigualdad que genera nuestra basura a través simples y breves acciones para compartir en línea —una prueba de que todos podemos hacer algo para construir un mundo mejor.

Sal a Pajarear

Sal a Pajarear es una iniciativa de la Fundación Claudia y Roberto Hernández que invita a la observación de aves en estado salvaje en distintas áreas de México, especialmente en la Península de Yucatán. Su finalidad es invitar a las comunidades a observar a los pájaros con los que comparten su territorio y, a través de ello, crear conciencia en torno a la importancia de apreciarlos y protegerlos.

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