Rosario Castellanos y su visión del mundo indígena

05 | 03 | 2021

Desde su experiencia personal, la escritora chiapaneca retrató con maestría y sinceridad la relación entre los pueblos mayas y los mestizos y criollos en Chiapas.

Me quedaré a tu lado,

 amiga,

hablando con la tierra

todo el día.

—Rosario Castellanos

A mediados de los cincuenta del siglo pasado, la poeta, narradora y crítica literaria Rosario Castellanos (Chiapas, 1925; Tel Aviv, 1974), que en aquel entonces vivía en la Ciudad de México, regresó a su tierra natal con el propósito de escribir obras teatrales y dirigir un teatro itinerante de títeres —llamado “Teatro Petul”— para las comunidades mayas tzotzil y tzeltal en los Altos de Chiapas. Era un proyecto del recién surgido Instituto Nacional Indigenista (INI) que tenía el objetivo de promover en los pueblos indígenas la salud, la escuela, las mejoras agrícolas y su pertenencia a México, entre otros programas de apoyo.

Aunque, con el paso del tiempo, la marioneta Petul, o Pedro, logra conseguir adeptos de todas las edades, al grado de que lo piden para ser padrino de bautizo o le barren el atrio de la iglesia al verlo llegar, al principio la gente de esos pueblos se resistió a esta iniciativa del INI, algo que asombraba a los antropólogos, escritores y demás participantes; pero no tanto a Rosario, que nació y transcurrió su infancia en Comitán, Chiapas, y fue hija de hacendados y parte de la clase terrateniente. Pertenecía a los caxlanes (palabra maya que significa “criollos”, “mestizos”, “blancos” o “extranjeros”) que tenían una relación conflictiva con los pueblos originarios chiapanecos, cuya resistencia había vivido de primera mano. Ella conocía a fondo este desencuentro entre dos culturas.

“En Comitán… ciudad fronteriza con Guatemala, Rosario muy pronto habría de indignarse contra la explotación de los chamulas que caminan silenciosos y furtivos”, señala la escritora Elena Poniatowska en el “Prólogo” a la antología poética Meditación en el umbral (1985), de Rosario Castellanos. Asimismo, “Rosario se acerca a ellos no solo por Comitán o Chiapas, su lugar de origen, sino porque reconoce en su abandono, su propia soledad”.

Tal vez aquella experiencia con el teatro de marionetas fue un parteaguas en la creación literaria de Rosario Castellanos. Quizá de allí le surgió la necesidad y la inspiración para transmitir, desde su visión y el arte de sus palabras, un conflicto hondo y antiguo que conocía tan de cerca. Pocos años después, publicó dos novelas y un libro de cuentos en los que retrata aquella antagónica vida en Chiapas a través de una mirada muy personal y distinta a la de la corriente indigenista que proliferaba en aquel entonces.

En una entrevista con el escritor Emmanuel Carballo —que él incluyó en su libro Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX (1965)—, la poeta mexicana señaló:

Me atengo a lo que he leído dentro de esta corriente [indigenista], que por otra parte no me interesa, mis novelas y cuentos no encajan en ella. Uno de sus defectos principales reside en considerar el mundo indígena como un mundo exótico en el que los personajes, por ser las víctimas, son raros, poéticos y buenos. Esta simplicidad me causa risa. Los indios son seres humanos absolutamente iguales a los blancos, solo que colocados en una circunstancia desfavorable. […] Ya que pretenden objetivos distintos, mis libros no se pueden incluir en esta corriente.

Es decir, Rosario Castellanos tenía una razón personal por la que evitaba tratar a los pueblos indígenas con excesivo sentimentalismo.

En la novela Balún Canán (1957), que significa “Nueve estrellas” —así llamaban los antiguos pobladores mayas al sitio donde ahora es Comitán, Chiapas—, Rosario aborda, desde los ojos de una niña —como alter ego de la autora— las profundas diferencias raciales entre el mundo indígena y el caxlán (o blanco). A partir de experiencias personales, la escritora narra eventos cotidianos del drama rural en Comitán, procurando plasmar los puntos de vista de ambos mundos. La obra es un recuerdo de su infancia. Relata la vida de los chamulas, sí, pero es sobre todo la historia de una chiquilla solitaria muy parecida a la de la autora.

En su segunda novela, Oficio de tinieblas (1962), ambientada en un San Cristóbal de las Casas, Chiapas, dominado por las fuerzas conservadoras y el clero, Rosario Castellanos traslada una rebelión maya del siglo XIX a la época del presidente Lázaro Cárdenas, quien gobernó México de 1934 a 1940.

Ciudad Real (1960) es un libro de cuentos también ambientados en San Cristóbal y que giran en torno a los mundos conflictivos y paralelos que son el indígena y el caxlán, y en el que la autora hace un agudo análisis psicológico de sus personajes, llenos de contradicciones.

Con su depurado estilo, la escritora mexicana procura en aquellas historias un lenguaje que refleje fielmente el modo de expresarse tanto de la gente maya como de los ladinos (o blancos) de aquel entonces en Chiapas. Plasma con maestría la voz autóctona y coloquial que se escucha, o escuchaba, en aquellos pueblos chiapanecos.

Así, en las tres obras literarias mencionadas, “el factor vital dominante apunta a los malentendidos y la desconfianza entre dos razas”, explica el escritor norteamericano Carter Wilson en su ensayo “Sirviendo a dos patronas: la vida de María Escandón con Rosario Castellanos y Trudi Blom”, publicado en 2016 por la Universidad Autónoma de Chiapas. La también chiapaneca María Escandón fue cuidadora y trabajadora doméstica de Rosario Castellanos durante 25 años.

En ese ensayo, Carter aborda los contrastes entre ambas mujeres que se acompañaron desde la infancia hasta que Rosario Castellanos se casó, a sus 33 años de edad. Rosario se quedó en la Ciudad de México y María regresó a Chiapas. El autor cita a la escritora chiapaneca: “Aunque estábamos cerca la una de la otra, llevábamos vidas paralelas […] Entre una Mari sorprendida y una Rosario indefensa no había contacto posible…” Por su parte, Carter también señala: “Cada una se retiró al lugar que la sociedad les había destinado, Mari a la cocina de los Castellanos, Rosario a sus estudios”.

Cuando Rosario Castellanos tenía siete años, su mamá le “dio” (palabra de la escritora) aquella cuidadora. Respecto a esa compleja relación, Poniatowska escribió: “María Escandón, una criatura de su edad, indígena, muñeca de carne y hueso. (La costumbre dictaba que los patrones regalaran a sus hijos un compañero de juegos, y Rosario se entretuvo de niña con María… que la cargaba de aquí para allá)”.

Desde su adolescencia, la escritora chiapaneca intentó, sobre todo a través de su literatura, cambiar su destino o reinventarse como un rechazo a sus orígenes señoriales.

A pesar de —o gracias a— los rasgos contradictorios en la personalidad de Rosario Castellanos, en su obra narrativa y poética hay, entre líneas, una defensa tanto de la igualdad para los pueblos originarios como de la igualdad para las mujeres mexicanas. Es una mujer que nació bajo el yugo del patriarcado y como blanca entre comunidades indígenas sometidas.

La literatura le sirve a la poeta mexicana como catarsis al exteriorizar sus emociones y pensamientos; al exponer su mundo interior, puede liberarse. Asimismo, su compromiso como artista se traduce al proponer la transformación del mundo a través de sus textos, no pocas veces desgarradores.

Rosario Castellanos, como muchos de sus personajes, tuvo una vida de contradicciones y conflictos que, para beneficio de sus lectores, derivaron en una obra literaria ejemplar, como lo es su visión personalísima y franca de los pueblos indígenas; muestra de que la contradicción (sometimiento y libertad, odio y amor, inferioridad y poder, olvido y agradecimiento, convivencia y violencia…) es motor de la creatividad y de que las grandes obras de arte parten de un conflicto esencial, de una herida en nuestros corazones.

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