Miguel Cabrera, circa 1750.

Sor Juana y los sueños

09 | 04 | 2021

Soñar es una aventura solitaria y ardua en la que el alma se eleva momentáneamente a la contemplación del cosmos, no para desentrañar un enigma fundamental, sino para reconocerse a sí misma.

Primero sueño es —si cabe— uno de los poemas más ambiciosos y complejos de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), pero también es su composición más íntima en un sentido profundo y conmovedor. Se ha citado en innumerables ocasiones el pasaje de la Respuesta a sor Filotea de la Cruz donde ella asegura que esta es la única obra que compuso por gusto personal —todo lo demás lo concibió por encargo y a regañadientes. El poema describe el vértigo de la razón en el borde de la infinitud onírica, pero su tema no es el sueño reparador, la alegoría de la muerte ni el despertar espiritual postrero. Se trata más bien de una odisea espiritual: como la de Otelo, Elektra o Edipo, El sueño de Sor Juana es una tragedia tan aleccionadora como punzante.

El sueño del alma

Además de reconocer la fuente penosa de su arte, Sor Juana también le confesó a sor Filotea que, para ella, la actividad intelectual era incesante y deleitosa, como un vicio implacable que no la dejaba en paz un segundo de su vida. Hasta la forma en la que el huevo arde sobre la manteca caliente o la faena cándida de unas niñas que jugaban al trompo se le presentan como enigmas dichosos donde su imaginación se hundía extasiada. Sor Juana no podía evitar mirar absolutamente todas las cosas del mundo “con una doble consideración”, a través de los ojos del alma. Ni siquiera en el sueño se libraba del ímpetu inclemente de su desbordada capacidad imaginativa:

…antes suele [mi imaginación] obrar en él más libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad y sosiego las especies que ha conservado del día, arguyendo, haciendo versos, de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas que he alcanzado dormida mejor que despierta, y las dejo por no cansaros, pues basta lo dicho para que vuestra discreción y trascendencia penetre y se entere perfectamente en todo mi natural y del principio, medios y estado de mis estudios.

Lo cierto es que mientras el cuerpo duerme, el alma sigue su actividad contemplativa y se empeña, indomable, en su afán de saber. Es que el alma es sueño, es decir, es viaje: es una aventura prefigurada para disolverse en la nostalgia de una presencia fantástica. Lo importante del sueño  no es ya la rosa marchita que hallamos en nuestras manos al despertar —no es lo que queda del sueño, sino, precisamente, la nada, la ceguera, el silencio, el vaciamiento absoluto de las imágenes caóticas y mendaces del mundo. De la aventura onírica de Sor Juana, podemos augurar que el sueño, como la vigilia, no son menos que fuentes donde mana el agua sacra del afán humano fundamental: la búsqueda de la verdad más depurada, de la certeza mejor cimentada del universo, y el reconocimiento —doloroso, indecible— de nuestra incapacidad para desentrañarla.

Los objetos primordiales del furor poético sorjuanesco son, precisamente, los “efectos naturales” del gran simulacro mundanal —el curso subterráneo del agua, las figuras azarosas del vuelo de las aves, el ritual catártico de la cocina, etcétera— y no ya los universales o elementos metafísicos complejos, porque el alma es incapaz de contemplar en su plenitud más depurada el fondo sustancial de sus causas. El objeto lírico, en el Sueño de Sor Juana, deviene una totalidad sobrecogedora que atestigua la incapacidad de la inteligencia para aprehender y recrear la verdad más alta de este plano de existencia.

La filosofía de la cocina y la resignación

La característica fundamental de la filosofía onírica de Sor Juana es su constante oscilación entre las ideas modernas y la tradición escolástica. En ella hay una diversidad de raíces intelectuales: por un lado, en sus obras a menudo expresa preocupaciones netamente modernas, como el método y los límites de la inteligencia; por el otro, también atestiguan un fuerte sentido místico que se pregunta (o mejor, se cuestiona) sobre la posibilidad de conocer a Dios, “el Padre de la luz ardiente”. Hay un legado filosófico de Sor Juana: la “filosofía de la cocina”, la actividad intelectual del alma eufórica que se preocupa del yo solitario y retraído del mundo, poseso de una implacable fiebre inquisitiva que lo hace mirar todas las cosas como efectos sublimes de una compleja maraña ontológica, y que se sabe sola en medio de sus acalorados lances cósmicos.

En el sueño o en la cocina, esta alma solitaria busca discutirlo todo y mesurar la inmensidad inefable de la esfera, replicando cada una de las cosas que hay en ella para apropiárselas. En la experiencia onírica, la inteligencia del alma se libera del cuerpo, es decir, se libera de todo lo que pesa en el mundo: el mundanal ruido.

Así pues, del profundo

sueño dulce los miembros ocupados,

quedaron los sentidos

del que ejercicio tiene ordinario

trabajo, en fin, pero trabajo amado

-si hay amable trabajo-

si privados no, al menos suspendidos.

Finalmente, el alma puede ascender al punto más alto del saber cuando la materia ya no la ata a lo que difiere esencialmente de ella. Entonces tiene cada vez una mejor comprensión de su propia naturaleza solitaria, de lo que hay de infinito, maravilloso e insondable en sí misma, expresado sobre todo en su capacidad para emprender un vuelo maravilloso a través de un espectáculo cósmico irrepetible. La confianza plena en la razón y su capacidad para aprehender el mundo son el escenario donde se presenta el drama fundamental del sueño: es la prefiguración del sol, del despertar al horror de la verdad más íntima del alma, de saber que todo ello apenas fue un sueño: el simulacro de lo que hay más allá del alba.

Esa es la revelación del sueño sorjuanesco: que la luz no se posa sobre nada, que todo ello apenas fueron imágenes fabulosas de un mundo creado para poblar una amarga soledad. Como los sueños, como la vida, El sueño termina en lo que se parece más a un comienzo que a una clausura: en una amarga resignación a los efectos demoledores del tiempo.

Consiguió al fin, la vista del ocaso

el fugitivo paso

y en su mismo despeño recobrada

esforzando el aliento de la ruina,

en la mitad del globo que ha dejado

el sol desamparado,

segunda vez rebelde determina

mirarse coronada,

mientras nuestro hemisferio la dorada

ilustraba del sol madeja hermosa,

que con luz juiciosa

de orden distributivo, repartiendo

a las cosas visibles sus colores

iba restituyendo

entera a los sentidos exteriores

su operación, quedando a la luz más cierta

el mundo iluminado, y yo despierta.

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