Visiones sobre Georges Méliès

16 | 04 | 2021

Recordamos a uno de los precursores del cine más entrañables de la historia del séptimo arte.

Ilusionista, dibujante, humorista, comerciante y zapatero, la vida de Georges Méliès cambió para siempre el 28 de diciembre de 1895, cuando conoció el invento de los hermanos Lumière. A partir de entonces, se dedicó a incursionar en todos los oficios del cine y los conjugó en su persona: director, guionista, productor, actor, escenógrafo, distribuidor —y lo demás que aún no se conocía pero que él estaba inventando. Méliès empeñó el resto de su vida en la creación de un abecedario para aquel novedoso artefacto.

Así, inclinado siempre al trabajo y a la experimentación, Méliès se convirtió en una suerte de orfebre de primicias. Perdidos en mares de utilería y otros tiliches de una escenografía modernista, este artista francés atesora los siguientes trofeos y medallas: fue uno de los primeros directores de cine de la historia; las locaciones donde filmaba, a las afueras de París, son consideradas el primer estudio cinematográfico; entre otros.

Su curiosidad desmesurada y su afición por toda clase de artilugios lo condujeron al descubrimiento, no sin pequeñas dosis de serendipia, de los principales efectos especiales que serían un elemento fundamental para el posterior desarrollo del lenguaje cinematográfico, con lo que también podemos considerar a Méliès como el primero en traducir la liturgia del ilusionismo de los teatros parisinos a la magia del cine y la pantalla grande en todo el mundo.

Su obra más importante, Viaje a la Luna (1902), inauguró el cine como lo conocemos hoy: es la primera película que cuenta una historia de aventuras, con protagonistas y antagonistas; es uno de los primeros materiales fílmicos cuyo rodaje se realizó utilizando un storyboard y, al tratarse de una historia espacial inspirada en obras de Julio Verne y H. G. Wells, fue la primera película de ciencia ficción que definiría algunas de las convenciones del género hasta nuestros días.

Se estima que Méliès filmó alrededor de 500 películas, la mayoría de las cuales fueron protagonizadas por él mismo y su esposa; sin embargo, se conservan pocas debido a que el director, en un arranque de cólera, quemó parte de su trabajo. Venido a menos, también perdió gran cantidad de sus películas al venderlas para que fueran fundidas y extraer de ellas el nitrato de plata. En la década de 1920, se ganaba la vida atendiendo una juguetería. Todo parecía apuntar a que moriría en el olvido; sin embargo, en sus últimos años su trabajo fue reconocido y él recibió la Orden Nacional de la Legión de Honor en 1931, el mayor galardón del gobierno de Francia, por su trayectoria y sus aportaciones al cine.

En este espacio recordamos el placer que sus películas le han regalado a varias generaciones de cinéfilos con una serie de reflexiones y divagaciones breves.

El secreto de Méliès

El reino de las hadas (1903).

Imaginar fue el secreto de Méliès. Fantaseó mundos intensos, extravagantes, grotescos, alegres, desordenados. Nos presentó seres que no existen, hechos que no suceden, y hasta objetos que no habían sido inventados. También nos imaginó expectantes y sorprendidos. Se divirtió. Así se siente cuando miro sus obras, que a este hombre realmente le encantaba lo que estaba haciendo.

Cuántos de nosotros hubiéramos querido aparecer en sus historias. Ser un extra en la algarabía, parte de su magia, o pintar a mano cuadro por cuadro. ¡Yo te ayudo, Méliès, a barrer el set o a traer los cafés, pero déjame ser parte de esto!

Todavía hoy nos sentiríamos orgullosos si lográramos hacer algo como lo que hizo… y pensar que murió pobre, casi en la ruina. Ojalá viva en la luna.

No sé a quién hay que agradecer pero es un milagro que tras guerras mundiales, revoluciones, enfermedades y hasta el propio arranque de cólera de Méliès, tenemos la fortuna de mirar sus obras y seguirnos deleitando. Sospecho que fue la magia.

Aída Quintanar

Sesión de hipnosis con Viaje a la Luna

Viaje a la Luna (1902).

Tengo insomnio. Tomo el libro de cuentos que está sobre mi buró: La soledad del corredor de fondo. Ahora no puedo con él. Acudo a la pluma y al papel: imposible escribir o dibujar, mi cabeza es una medusa de ideas enredadas. Respiro hondo, intento meditar, tiro la toalla. Inquietud.

Son las cuatro de la mañana. Salgo al patio. Noche serena de abril. Un pedazo de luna entre nubes y humo —ha habido incendios en los cerros de alrededor. La Luna. Con solo verla comienzo a relajarme.

Entro a casa. Ya sé lo que necesito para combatir mi insomnio que se extiende como el fuego en bosques secos: hipnotizarme con Viaje a la Luna, el cortometraje mudo de Georges Méliès estrenado en 1902. Aunque es considerado pionero de la ciencia ficción o la madre de los efectos especiales, sigue vigente. El hombre ya pisó la Luna y los impresionantes efectos especiales de la primera Star Wars (la de 1977) se superan con cada película de este género que se estrena; sin embargo, la cinta de Méliès no caduca, quizá porque es más que una historia de ciencia ficción; es también un sueño, es alucinación, es magia, es hipnótica.

Enciendo mi computadora. Viaje a la Luna comienza con una veintena de astrónomos reunidos que, con sus gorros puntiagudos, me recuerdan al mago Merlín. Así me imagino a Méliès: un mago Merlín que se las apaña con lo que tiene a la mano; un desbordante manantial de imaginación. Conforme esta película avanza, me voy hipnotizando. Por más veces que la haya visto, continúa asombrándome la mítica imagen en la que el cohete aluniza en un ojo de la Luna, y siempre me tallo un ojo al verla. Me siento en otra dimensión, en un sueño tangible, materializado por el mago Méliès. Y me olvido del insomnio gracias a este regalo del arte para el alma.

Alberto Manuel Sánchez

Alguien ha soñado

El eclipse del sol en pleniluino (1907).

Lo propio del cine no es la consignación de un apetito histórico insaciable. El cine no se inventó para conjurar el fantasma de una impotencia humana ni para trocar en imagen nuestra ansiada venganza contra la azarosa fuga del tiempo. Lo suyo es la celebración de la nostalgia, la manufactura de una melancolía sacra. La aventura improbable, el animal fantástico, la ceguera de la luna, el amor absurdo y la oración callada en la estera de celuloide pertenecen a un orden particular de la memoria donde habitan, desgajadas y mudas, la espontaneidad y la pureza de la penumbra originaria.

El cine es impudicia, es la manía implacable de la luz horadando el tiempo, una afrenta contra la vanidad del sol. El suyo no es el imperio de lo que pudo haber sido o de lo que debió ser: su despliegue mítico, su viaje a través de lo imposible es la evidencia de una pasión nocturna por lo que no llega. Allí nos encontramos para encarar el destino infranqueable de la noche insaciable y de la luna misericordiosa que dirige su luz para alumbrar nuestro anhelo; allí nos encontramos para recordarnos como lo que no somos.

El cine ha sido un sueño en el que alguien escribió que tuvo un sueño. Es el sueño de un sueño, oración infinita que se repite (se proyecta) sin cesar sobre la inmensa pantalla del tiempo. Todas las películas tratan de lo mismo; todas exclaman implacables: “Aquí, alguien ha soñado”.

Gerardo Alquicira Zariñán

La sirena (1904).

Voyage

Hendido el ojo de la luna

una mueca negra se dibuja

y un conejo cae a la deriva.

* * *

Eugénie Génin

Una sirena se columpia de un fotón

no es nereida, no es esposa:

de Tritón tridente taumaturga.

* * *

Première

Diligentes mujeres colorean

un rollo de nitrato cuadro a cuadro;

en la oscuridad, un enfermo cura su acromía.

* * *

Fairy tale

Un peregrino galeón de utilería

naufraga a la mirada de los peces:

épica contenida en un acuario.

Salvador Ponce Aguilar

Antes de dar vuelta a la página, acomódense en sus butacas

El reino de las hadas (1903).

“—Buenas noches, damas y caballeros —dijo—. Nos hemos reunido hoy aquí para homenajear a Georges Méliès, un pionero del cine francés que supo llevar la magia a las películas. Durante muchos años pensamos que sus obras se habían perdido irremediablemente; de hecho, creíamos que el propio Georges Méliès había desaparecido… hoy disponemos de unas ochenta películas realizadas por el señor Méliès. No son más que una pequeña parte de las más de quinientas que produjo. Y ahora, acomódense en sus butacas y dispónganse a soñar”.

La invención de Hugo Cabret, libro escrito por el estadounidense Brian Selznick en 2007, es una novela narrada con palabras y con impactantes ilustraciones. Una novela de aventuras en homenaje a Georges Méliès, que fue llevada al cine en 2012 bajo la dirección de Martin Scorsese. La construcción del personaje de Méliès en la narrativa del libro es, precisamente, la de un mago.

Hugo Cabret descubre un misterioso dibujo que cambiará su vida para siempre. “Antes de pasar esta página”, dice el autor en su breve introducción, “imagínense que están a oscuras, como si fuera a empezar una película”.

Sandra Molina

Algunas obras de Georges Méliès:

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