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Cooperar para evolucionar (lecciones extraídas del origen de la vida)

11 | 04 | 2020

La historia del surgimiento de la vida y la evolución celular en la Tierra sitúan a la cooperación como un mecanismo fundamental para la supervivencia.

La sabiduría del universo brilla en la luz de las estrellas, tiene la fuerza del movimiento de los planetas y del mar. También habla (silenciosamente) a través de lo más diminuto, como una célula. El mundo que habitamos los hombres es competitivo: se ha dicho que es la naturaleza esencial de la selección natural. Pero esa competitividad podría plantearse también como una involución, y la mera historia de la evolución más temprana de las células así lo demuestra. Sin el trabajo en conjunto, la interdependencia, la vida en nuestro planeta no sería lo que es hoy. Tal vez simplemente no sería.

La necesidad de agruparnos, de ayudarnos para sobrevivir, no sólo es parte de la historia de los seres humanos, sino de todo lo viviente. De hecho, este mecanismo sorprendentemente antecede a los seres que hoy habitamos la Tierra y se remonta a hace billones de años, cuando la vida surgió en nuestro planeta.

Las primeras células que existieron eran procariotas, es decir, carecían de núcleo. Se trataba de pequeños sacos llenos de proteínas y ácido nucleico, que deambulaban los mares primigenios en busca de energía; mientras que algunas extraían dicha energía directamente de las moléculas en su medio, otras consumían a otras células para conseguirla. Por aquel entonces, un tipo de célula evolucionó para lograr, con la ayuda de la luz del sol, romper las moléculas del agua y extraer energía de ello. El oxígeno puro que resultaba de esta reacción química cambió la atmósfera de nuestro planeta. Así, surgieron células que, sin necesidad de competir, comenzaron a usar el oxígeno como fuente de energía.

En algún punto —en un suceso tan misterioso como trascendental, una especie de Big Bang en miniatura— una célula de mayor tamaño absorbió a una de estas pequeñas células capaces de extraer energía del oxígeno y, en vez de destruirla, se fusionó con ella. La célula de mayor tamaño, entonces, daba protección a la pequeña; a cambio, la pequeña le compartía la energía a su anfitriona —muchísimo tiempo después, esa pequeña célula se convertiría en lo que conocemos como mitocondria, el organelo que da energía a las células. 

La relación sutil y microscópica de dependencia entre ambas células derivó en la vida en la Tierra como la conocemos hoy, una relación que científicamente se conoce  como endosimbiosis. Así nacieron las células con núcleo —de las cuales estamos formados todos los seres vivos.Si repensamos la raíz de la palabra colaboración, el trabajo conjunto y por ello potenciado, todo cobra sentido. Este video de HarvardX —iniciativa encargada de crear experiencias educativas en línea— narra en una breve y hermosa animación la historia de la vida, e ilustra cómo esta dependió, en gran medida, de la colaboración y la unión: una lección que trasciende la historia natural del planeta, y bien podría mostrar un camino posible y esperanzador para las sociedad humanas del presente.

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