Un elogio de la lectura

02 | 04 | 2021

Recuperar la dicha de leer y reconciliarse con el libro es quizás el mejor halago y fomento a la lectura.

No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector.

—Jorge Luis Borges

El culto al libro depende de la tradición oral.

—Daniel Pennac

Antes de que la pequeña o el pequeño se vaya a dormir, mamá o papá le narra un cuento. Es un momento de puro gozo, sobre todo para la hija o el hijo, que se repite cada noche a pesar de los padres agotados. Es el descubrimiento del placer y la seducción de la literatura. Sin embargo, esa edad de la inocencia, esa feliz trinidad —conformada por el hijo o la hija, la madre o el padre y el libro (en el orden que sea)— de la lectura suele durar hasta que los niños ingresan al colegio, cuando el placer de la lectura se transforma en deber. Es como expulsar al niño del Paraíso.

“El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo amar…, el verbo soñar…”, así comienza el entusiasta y deleitable ensayo Como una novela (1992), del profesor de literatura francés Daniel Pennac, un original estímulo para la lectura, una defensa al gusto por leer, una reconciliación con el libro. Es también, valga la paradoja, un antimanual de literatura en beneficio de la literatura.

Si forzamos a alguien a amarnos o a soñar, la cosa no funciona realmente. Lo mismo sucede con leer. Fracasamos en el intento. Al niño, a la joven o al adulto que obligamos a leer, que le soltamos el dogma “hay que leer”, lo podemos agobiar, incluso asustar. Antes de eso, ella o él preferirá realizar otra actividad: se distraerá con lo que tenga a la mano, mirará a la nada, se dormirá, escuchará música, verá una serie televisiva, jugará un videojuego, se clavará en algún dispositivo digital. Se olvidará de que el acto de leer es también un regocijo. La orden “hay que leer” cierra puertas al gusto por la lectura.

Llegados a este punto, el libro se coloca como un objeto sagrado. Hay demasiado respeto hacia él, hasta hacerlo intocable. Una estrategia que solo consigue que la gente rechace la lectura o se aleje de los libros. Pero los libros son todo menos intocables. Parece que a veces lo ignoramos. Olvidada la magia, el libro se vuelve un ladrillo, un pesado e insoportable mamotreto. Es mejor que el libro pierda su divinidad, para que nos sea íntimo e indispensable. De hecho, “la lectura, en sí misma, no es necesariamente una actividad virtuosa; qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia”, indica Mikita Brottman en su refrescante ensayo Contra la lectura (2008), un título irónico a favor de la lectura que intenta desacralizar a los libros y quitarles la aureola “pedante” que suele rodearlos.

La prohibición de la lectura

Hubo una época en la que se impedía leer, por lo que leer era un acto subversivo; se hacían lecturas clandestinas. “¡Deja de leer, te acabarás los ojos!”, “¡sal a jugar, el clima es estupendo”, “ya apaga la luz”, se exclamaba a los obstinados lectores. Asimismo, se prohibía la lectura a las muchachas, sobre todo las novelas, ya que eso no era bueno para el matrimonio: “la imaginación, la loca de la casa”, escribió la poeta Santa Teresa de Jesús (1515-1582).

Tal como explica Pennac en su ensayo respecto a su experiencia personal, la lectura se amaba en contra de mamá y papá, de las tareas de matemáticas y español, del cuarto por ordenar, de sentarse a la mesa, del postre, de ver el partido de futbol, de salir a buscar setas… Es que el lector se sumía en una soledad fabulosamente poblada; realmente amaba leer. “Descubre la paradójica virtud de la lectura que consiste en abstraernos del mundo para encontrarle un sentido”.

Pero todo ese amor puede apagarse con las lecturas impuestas según el programa escolar en turno. Y, entonces, desconocemos que la lectura es un acto de creación permanente.

La escuela tradicional, vacuna contra la lectura

Grandes y apasionados escritores y lectores de diferentes épocas y ámbitos han manifestado su desacuerdo con la forma en que se enseña la literatura en las aulas, a tal grado que han considerado que la lectura se aprende en la escuela, pero amar la lectura en otra parte.

“Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector”, señala Jorge Luis Borges en su ensayo Biblioteca personal (1988).

Cierto que la escuela es una fábrica del saber que requiere esfuerzo. Se limita al aprendizaje de técnicas, pero también ha sido muchas veces la abolición del placer de la lectura desde tiempos inmemoriales y en todas las latitudes. “Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lectura y nuestra cultura otra”, reflexiona Pennac.

Contra la lectura o la lectura como acto de resistencia

Según Pennac, la mayoría de las lecturas que nos han formado no las hemos hecho a favor, sino en contra. Cada lectura es un acto de resistencia a todas las contingencias: sociales, profesionales, psicológicas, afectivas, climáticas, familiares, domésticas, gregarias, patológicas, pecuniarias, ideológicas, culturales, umbilicales, pedagógicas y pandémicas. “Una lectura bien llevada salva de todo, incluido de uno mismo”, dice Pennac.

Sin embargo, también es cierto que los mejores libros que hemos leído o que sentimos que nos cambian la vida, casi siempre se los debemos a un ser querido. Y a veces, seamos justos, se los debemos a un profesor o docente o a un crítico que transmite y comparte de manera auténtica su gozo por la lectura. 

Un camino para recuperar la dicha de leer

El placer de la lectura no se ha perdido, solo se ha extraviado, puede recuperarse. Hay que saber qué camino tomar para reconciliarse con el libro. Enumerar verdades que no solo se relacionen con los efectos de la modernidad (el consumismo, la imagen, la pantalla, la invasión electrónica, la televisión). No hay que culpar únicamente a la tecnología, ni a la escuela, ni al consumo desenfrenado. ¿Qué responsabilidad tenemos nosotros respecto al lector ideal?

“¿Y si, en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer?”, cuestiona Pennac.

Leer sin exigir nada, como aquella mamá y aquel papá que nunca, cuando leían a su hija, se preocupaban por saber si había entendido por qué el Patito Feo era diferente a los demás patos. Ni castigos absurdos: no leerle al niño por desobediencia o, aún más grave, prohibir la tele y en su lugar ponerlo a leer, como si este aparato fuera un premio y la lectura una obligación.

Recuperemos el tiempo perdido, esperemos la caída de la noche, sentémonos junto al niño, reanudemos la lectura, leámosle sus historias preferidas, sin hacerle preguntas, sin concesiones, hagámoslo de manera gratuita y siempre recordemos que leer al niño nunca será tiempo perdido.

Y no solo leer en voz alta a los niños, sino también a los jóvenes y adultos que rechazan la lectura. No hay edad para este tipo de regalo. “El hombre que lee en voz alta nos eleva a la altura del libro. ¡Da realmente de leer!”, señala el profesor Pennac en su ensayo, en el que también cuenta sobre cómo alumnos jóvenes suyos, que aborrecían y temían a los libros en un instituto, fueron reconciliándose con estos gracias a las lecturas a viva voz de él ante ellos; hasta que los estudiantes fueron (re)encontrándose con el libro y a leer por su propia cuenta, en silencio.

“Como no les gusta leer, seré yo quien les leerá los libros”, les dijo Pennac a aquellos alumnos. Y también les dijo que no tuvieran miedo a no entender, porque no les pediría ningún comentario, ni reporte, ni ficha ni nada parecido respecto al libro leído. La única condición para reconciliarse con la lectura es no pedir nada a cambio.

Y además de leer en voz alta, también es importante contar, con pasión sincera, a la gente sobre los libros y los autores preferidos.

Decálogo del lector

En su ensayo, Pennac propone 10 derechos imprescindibles del lector:

1.- El derecho a no leer. Todo lector a veces se concede un necesario descanso de lectura, y todo mundo tiene libertad de no leer nada, pero, antes de eso, es indispensable que se haya experimentado el acto de leer sin obligación.

2.- El derecho a saltarnos las páginas. Si tenemos ganas de leer Moby Dick, es válido brincarse las páginas sobre las técnicas de la caza de la ballena, para continuar tras el arrojo pasional del capitán Ahab.

3.- El derecho a no terminar un libro. Si una novela se nos resiste o nos parece mala, dejémosla a un lado para una próxima ocasión o para nunca jamás.

4.- El derecho a releer. Es un placer volver a los textos que nos fascinan.

5.- El derecho a leer cualquier cosa. Con el tiempo nos daremos cuenta de cuál es la buena literatura y cuál es la mala.

6.- El derecho al bovarismo. Es válido sentirse “contagiada” y desilusionada por amor después de una lectura que nos ha tocado hondo.

7.- El derecho a leer en cualquier lugar. En el baño, en el metro, en la copa de un árbol…

8.- El derecho a hojear. Hojeemos libros de poemas, diarios, aforismos, cuentos…

9.- El derecho a leer en voz alta. La narración oral es una invitación a amar la literatura.

10.- El derecho a callarnos. Después de una lectura, no debemos sentirnos comprometidos ni obligados a comentarla. Destilémosla en nuestro interior.

No nos preocupemos porque ya nadie lee o por el supuesto descenso de la lectura (quizás esta idea siempre ha existido en la historia de la lectura), sino por cómo leer con auténtica satisfacción: esto puede ser el mejor elogio y fomento a la lectura.  

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