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Wabi-sabi, la belleza del deterioro y lo cotidiano

16 | 09 | 2020

Wabi es la soledad de vivir en la naturaleza, alejado de la ciudad; Sabi es lo marchito, flaco, frío. Unidas, estas dos palabras adquieren un significado positivo: belleza de lo inacabado, de lo imperfecto, de lo defectuoso.

El protagonista de la novela corta El coronel no tiene quien le escriba (1961), de Gabriel García Márquez, podría ser un monje zen del trópico latinoamericano. Realiza cada una de sus acciones cotidianas y simples como si fueran trascendentales. El comienzo de esta historia, con unas cuantas pinceladas, define el carácter de aquel entrañable personaje:

El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas en óxido de lata. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa […]. Durante cincuenta y seis años –desde cuando terminó la última guerra civil– el coronel no había hecho nada distinto de esperar.

En el párrafo citado podría leerse entre líneas una actitud ceremoniosa del coronel al preparar el escaso café que le queda, como si se tratara de una tradicional ceremonia del té japonesa. A pesar de la pobreza de él, hay un tipo de ritual sagrado en su vida diaria: un arte de vivir, un propósito funcional y una simplicidad espiritual. 

Aunque lleva 15 años esperando una carta del gobierno sobre una pensión prometida, el coronel procura vivir más en el presente que en el pasado o el futuro. No se rinde. Es un hombre digno y con esperanza. Sereno y obcecado, puede también parecer patético, como un sufrido Job que jamás se rebela contra los designios de Dios; no tanto por pasar hambre, haber sido derrotado en la guerra, perder a su único hijo o por confiar en que un gobierno corrupto le escribirá alguna vez, sino por su inocencia necesaria, sin rodeos ni exceso de pensamientos.

Así, la vida del coronel de García Márquez podría también ser un ejemplo de wabi-sabi. Quién sabe si el escritor colombiano imaginaba a su personaje en relación a un monje zen o a la filosofía wabi-sabi. Lo más seguro es que no. Sin embargo, es otra de las tantas miradas que se pueden extraer de esta obra literaria. ¿Acaso no es el arte lo que nos da acceso libre a otras maneras de ver además de las del autor y las propias o acostumbradas? El arte es una posible ventana a infinitas miradas. 

A grandes rasgos, el término japonés wabi-sabi es, en efecto, el arte de ver la belleza en lo degradado, lo cotidiano, lo simple, lo desgastado. Es una visión de vida nacida en Japón probablemente entre los siglos XV y XVI, y que está muy ligada a la ceremonia del té, así como tiene relación, entre otras artes, con la cerámica, la jardinería (los minimalistas jardines japoneses) o la literatura (por ejemplo, el breve haiku: “No tiene nada/mi choza en primavera/Lo tiene todo”, es un poema del japonés Sodo; “¿Es un imperio/esa luz que se apaga/o una luciérnaga?”, escribió Jorge Luis Borges; “El impermeable de paja/de los hombres de la balsa: en la tormenta, traje de flores”, compuso Buson).

Wabi es la soledad de vivir en la naturaleza, alejado de la ciudad; Sabi es lo marchito, flaco, frío. Unidas, estas dos palabras adquieren un significado positivo: belleza de lo inacabado, de lo imperfecto, de lo defectuoso.

Oponiéndose a la moda de las suntuosas ceremonias del té chinas en el siglo XII –convertidas en un pasatiempo de la élite, que se complacía con la posesión de objetos finos e importados relacionados con el té–, en Japón se utilizaban a propósito utensilios modestos de producción local, lo que fue el principio de la estética wabi sabi, llevada a su máxima expresión por el monje zen y famoso maestro de té japonés Sen no Rikyu (1522-1591). Se sitúa la tosca y anónima artesanía indígena al mismo nivel artístico que los perfectos y suntuosos objetos chinos de aquella época. En Japón, artesanía y arte, funcionalidad y belleza, son sinónimos. Y aquí podemos volver a la analogía con el sereno coronel de García Márquez: su oxidado tarro de café, su vieja olla y su hornilla de barro cocido podrían reconocerse como obras de arte vistas desde la perspectiva wabi-sabi.

A pesar de la influencia occidental, la antigua estética wabi-sabi –el valor de la armonía con la naturaleza y de la belleza de la simplicidad imperfecta– aún está presente, consciente o inconscientemente, en innumerables aspectos de la vida diaria de la sociedad japonesa.

Lo innovador o moderno podría ser representado como una caja rectilínea, precisa y contenida; hecha de materiales artificiales, pulida y con mantenimiento. En contraste, lo wabi-sabi se representa como un cuenco de forma libre y abierta, hecho de materiales naturales, rústico, tosco, cálido y que se va acomodando (y embelleciendo) por degradación y desgaste. 

En el centro de la filosofía wabi-sabi está la importancia de trascender las formas de mirar y pensar acerca de las cosas y de la existencia. 

Entonces, dentro la visión wabi-sabi, en todas las cosas modestas, humildes, imperfectas, transitorias, desgastadas e incompletas puede haber belleza. Es una estética que sugiere un proceso natural, irregular, íntimo, sin pretensiones, terroso y sencillo.

Wabi-sabi es estar satisfecho con una pequeña cabaña, una habitación de dos o tres tatamis y con un cuenco de verduras recogido en los campos vecinos, y tal vez escuchar el sonido de una lluvia de primavera suave”, escribió Daisetsu Teitaro Susuki (1870-1966), filósofo japonés y uno de los primeros que promovió el budismo zen y la cultura tradicional de Japón en el Occidente. Tal y como vivía el coronel de García Márquez en un contexto latinoamericano: en una choza con una o dos hamacas y con un plato de maíz recogido de los campos vecinos, y escuchando la lluvia de octubre.

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