Yuri Knórosov: la Cortina de Hierro y la escritura maya

29 | 05 | 2020

Knórosov es conocido por haber desarrollado el método para descifrar la escritura de los antiguos mayas. Elaboramos un recorrido fugaz en tres partes a través de la vida y obra de este hombre singular.

Primera parte: una novela por escribirse 

Han transcurrido 38 años desde que lograra su desciframiento. Y solo hasta entonces, después de casi cuatro décadas de imposturas y cataclismos, de noches de desvelos y cielos rojos de sol y de fuego, después de agotar todo el té de los samovares y de consumirse en los miles de cigarrillos encendidos, Yuri puede darse el lujo de fumar al pie de esa escalinata como tantas veces imaginara. Tikal se le presenta como un cuenco de verdes hasta donde la vista alcanza; ahogada por la selva del Petén, Tikal es un ancestro muy tangible de la excelencia maya. Yuri no sube hasta la cúspide del edificio, las rodillas ya no le aguantan como antes; eso se lo deja a Galina, su discípula, quien lo ha acompañado desde hace tiempo y ahora comparte aquel momento maravilloso con él.

No corre por todo el sitio, pero en su mente proyecta las imágenes de aquellas ruinas que una vez fueran los cimientos de una ciudad pujante. Caviloso, Yuri recorre por primera vez la tierra de los creadores de aquella escritura a cuyo desciframiento él contribuyera decisivamente. De cejas pobladas y una mirada agudísima de cerbatana, Yuri Knórosov acarrea una simple verdad a cuestas: siempre hay un puente posible entre las antípodas. La magnitud de su hallazgo no es menor, Michael Coe, arqueólogo y antropólogo neoyorquino, considera el desciframiento de los glifos mayas “una de las aventuras intelectuales más interesantes de nuestro tiempo, junto con la exploración del espacio y el descubrimiento del código genético”.

La hazaña de Yuri Knórosov no ha resistido pasar a la historia sin asomos de leyenda. Para esto es preciso retroceder un poco, dejamos la selva del Petén, en 1990, y retrocedemos medio siglo. Estamos ahora en el ocaso de la Gran Guerra Patria, son los primeros días de mayo de 1945 y Yuri Knórosov, un joven de 23 años, sirve como observador de artillería en el 58º Regimiento de Artillería Pesada del Ejército Rojo. En los estertores de muerte del Tercer Reich, los soviéticos entran a una Berlín arrasada por las bombas. En su obra, El desciframiento de los glifos mayas, Coe cuenta que “el joven artillero encontró la Biblioteca Nacional en llamas. De entre los miles de libros que se consumían, logró rescatar uno del fuego”. De acuerdo con la versión de Coe, la obra rescatada era la edición en un volumen de los códices de Dresde, de Madrid y de París, tres de los poquísimos documentos mayas que han sobrevivido a la destrucción de los siglos, pero de los cuales los más connotados mayistas no han dicho la última palabra.

Ya podemos imaginar aquel espectáculo. En la premura de los alemanes por desocupar la Biblioteca Nacional y salvar sus documentos de la ola roja que se avecina, se le encomienda a algún militar de rango medio que desaloje los libros, los empaquete y los ponga a resguardo en alguna cueva alpina, pero es demasiado tarde y para cuando los soviéticos entran, los alemanes están más preocupados por salvar la vida que por la conservación de un montón de hojas y polvo. Dejan los libros a su suerte y todo lo demás es destino, pasa por allí el joven Yuri a tambor batiente y, en el sudor de las baterías, encuentra una obra que le cambiaría la vida a él y a un pueblo a nueve mil kilómetros de distancia. Después de tomar aquel libro entre sus manos y hojearlo un poco, lo deposita en su mochila y se reincorpora a su puesto. Según Coe, Yuri “regresó a su país llevando consigo aquel viejo trofeo, junto con sus cuatro medallas de guerra”. Coe asevera que esta noveleta está basada en las conversaciones que él mismo sostuvo con Knórosov en San Petersburgo, pero lo cierto es que al parecer a Coe le dieron gato por liebre, al menos en este relato. 

Galina Ershova, la discípula de Yuri y también mayista, desmiente esta leyenda y refiere lo que en realidad sucedió. En varias conferencias y en su obra: Epigrafía Maya: Introducción al método de Yuri Knórosov, Galina cuenta otra versión, la verdadera historia de Yuri Knórosov. La otra historia posible se desarrollaría como sigue. Corre el año 1922 y en Járkov, Ucrania, en aquel entonces parte de la Unión Soviética, nace un niño al que sus padres llaman Yuri Valentínovich Knórosov. Sus padres habían llegado a vivir a esta ciudad procedentes de San Petersburgo, su padre era ingeniero de ferrocarriles y su madre estaba a cargo de la educación de sus hijos. Su madre a veces le dice Yura, de cariño, y en su juventud, Yura aprende a tocar el violín y se interesa por descubrir los ministerios del cerebro, también lo atrae el chamanismo y durante algún tiempo se cree dotado de poderes curativos. En 1939, ingresa a la Facultad de Historia de la Universidad de Járkov. 

En esta narrativa aparecemos otra vez en la Guerra Patria; no en Berlín, en el ocaso, sino en Ucrania, al inicio, cuando las tropas alemanas invaden el territorio soviético. Dmitri Shostakóvich comienza a escribir su Séptima Sinfonía en Leningrado mientras, casi al mismo tiempo, un joven 19 años, Yuri Knórosov, acude a enlistarse en el ejército pero es descartado para el servicio militar por cuestiones de salud. Él se encontraba en la zona de ocupación alemana en Ucrania, pero nunca estuvo en el campo de batalla. La única intervención castrense de Yura es ayudar a cavar las trincheras cuando los bombardeos nazis comienzan. Los pueblos soviéticos soportan el flagelo alemán; en Moscú, Leningrado y Stalingrado se combate sin cuartel casa por casa y el tablero se invierte con costes humanitarios que aún no podemos entender. 

Yura pudo salir de Járkov solo hasta que tuvo lugar la contraofensiva rusa en 1943, entonces se dirigió a la capital, donde siguió sus estudios en la Universidad de Moscú. Al año lo llamaron a una escuela militar de telefonistas, donde estuvo hasta el final de la guerra en 1945. Así que no, según esta versión, Yuri nunca estuvo al servicio de la lluvia de fuego en Berlín, operando las baterías que asolaron la ciudad, para ensalzar el que habría sido un mito cuasi bíblico; y si bien su labor fue titánica, sus herramientas nunca fueron artilugios de la balística, sino de otra ciencia muy diferente, la lingüística. El cuento dramático de las llamas de Berlín fue inventado por un periodista diez años después. 

Siendo estudiante, Yura empezó a interesarse por el estudio de los mayas. En la Biblioteca Nacional Lenin encontró La Relación de las cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa. Allí mismo halló las publicaciones de los códices mayas con los que habría de trabajar. Yuri ejecutó su proeza contra el escepticismo general. Ya en la universidad se enfrentó a su primer obstáculo. Como era costumbre en casos como el suyo, haber quedado avecinado en una zona ocupada por los nazis durante la guerra lo volvía automáticamente sospechoso a los ojos del aparato represor, por lo que le impidieron continuar sus estudios en la Universidad de Moscú. Yura no tuvo más remedio que abandonar la capital e instalarse en Leningrado para trabajar como curador en el Museo de Etnografía, donde residió en un cuartito estrecho en el que cabían, apretadas, una silla y una cama. En ese cuarto elaboró los elementos fundamentales de la metodología para el desciframiento de la escritura maya y, en general, de cualquier sistema de escritura antigua. Quizás este empecinamiento se debió, como asegura Coe, a que Knórosov, como muchos de sus compatriotas, “posee claramente un espíritu habituado a la adversidad”. 

Sergei Tokarev, su maestro, lo animó a emprender el desciframiento. Ambos habían leído un artículo del investigador Paul Schellhas: “El desciframiento de los jeroglíficos mayas, ¿problema sin solución?”. Animado por Tokarev, Yura estudió español y emprendió la traducción al ruso de los escritos del obispo Landa. Un principio lo llevaba hacia adelante: “Cualquier sistema de escritura producido por el hombre puede ser leído por el hombre”. Así inauguró las investigaciones que casi medio siglo después lo llevarían a una tarde calurosa de Tikal…

Segunda parte: la llave y el doble cerrojo 

En octubre de 1952, la revista Sovietskaya Etnografiya publica el trabajo de un joven lingüista de nombre Yuri Knórosov, un desconocido en el ámbito de los estudios mayas; el modesto título del artículo no manifiesta el verdadero alcance de su hallazgo: “La escritura antigua de América Central”. Fabricar la llave que le permitiera dilucidar los hasta entonces impenetrables textos de los antiguos habitantes de las selvas mesoamericanas le tomó al menos un lustro; por fin, después de cientos de años, alguien podía leer los códices mayas. 

Pero hubo otro cerrojo que le tomaría varias décadas abrir, el cerrojo de los conflictos ideológicos y los recelos científicos, reacios como cualquier celo humano. Recién publicada su investigación, los medios de comunicación soviéticos se apresuraron a sacar provecho de su hazaña. Antes de que el gallo cantara tres veces, ya habían difundido la noticia de la proeza hecha posible gracias a las virtudes del aparato soviético y al método científico marxista-leninista, pero Coe puntualiza que en sus trabajos Knórosov no cita ni una vez a Marx, aunque era muy común en esa época que todos los investigadores tuvieran que referirse a él en Rusia.  

El interés por su descubrimiento se esparció por el mundo. Ya se establecían comparaciones entre Knórosov y Jean-François Champollion, el descifrador de la escritura jeroglífica del antiguo Egipto. Aquí entra a escena su más acérrimo detractor: Eric Thompson, el mayista más prestigioso del siglo. Thompson había fracasado en su intento por descifrar los glifos mayas; a falta de sólidas bases lingüísticas para analizar aquella escritura, Thompson y otros mayistas se conformaban con imaginar lo que aquellos ideogramas querrían decir. En cambio, Knórosov llevó a cabo un análisis de los elementos de la escritura y la demostración lógica de su funcionamiento en múltiples contextos. 

La herramienta de Knórosov para el desciframiento fue su método de estadística posicional. Los principios elementales de esta metodología indican que la cantidad de signos de una escritura y la frecuencia con que aparecen en los textos determinan el tipo de escritura. De esta manera, es posible establecer una tipología de tres tipos de escrituras básicas: logográfica, silábica y alfabética. Las escrituras logográficas, como el chino, suelen tener varios cientos de signos o incluso miles, el gran diccionario Kang Hsi, por ejemplo, contiene no menos de cuarenta mil caracteres. Las escrituras silábicas tienen entre 40 y 90 signos y en lugar de alfabeto tienen un compendio de signos denominado silabario. Los cherokees tienen un silabario de este estilo con 85 signos. La escritura alfabética, como la nuestra o el ruso, tiene entre 30 y 40 signos. Cabría decir todavía que estos sistemas de escritura casi no se dan en “estado puro”, existen mezclas entre ellos, por lo que también hay tipos de escritura mixtos. 

Partiendo de estas bases, Yura dio un paso que ningún otro interesado había conseguido después de siglos de intentos y fracasos. Además de contar con la herramienta correcta, lo que hace falta para lograr el desciframiento es un cerrojo, no hay llave que sirva si no hay candado que abrir, este cerrojo es el corpus al que se le va a aplicar el método. Si bien esta base de datos era limitada, a lo largo del tiempo, especialmente en la segunda mitad del siglo xix, habían ido apareciendo algunos documentos imprescindibles. En 1862, Étienne Brasseur descubrió y dio a conocer documentos como el Códice de Madrid, texto que, junto con los códices de París y Dresde, constituía la cerradura a vencer. Knórosov supuso que la escritura maya era una variante de escritura logosilábica; es decir, era del tipo mixto, ello debido a que su análisis de los códices arrojó la existencia de 354 signos diferentes, demasiados para una escritura silábica pero muy pocos para una escritura logográfica, así que la solución debía estar a medio camino.

Otro documento que el abate Brasseur halló y rescató fue el manuscrito que habría de convertirse en la Piedra Roseta de Yuri, la llave para el desciframiento, una copia abreviada de la Relación de las cosas de Yucatán, de Diego de Landa. Entre otras cosas, la importancia de este documento se cifra en el “alfabeto de Landa”. Cuando Landa estableció contacto con sus informantes mayas para la redacción de esta obra, a mediados del siglo xvi, surgió un malentendido que se perpetuó por varios siglos. Desde su propio horizonte de conocimientos y con las limitaciones de la época, Landa y sus colaboradores —copistas e informantes—, intentaron establecer un equivalente entre el alfabeto latino y los signos que los mayas usaban en sus “libros”, pero como la escritura maya no era alfabética sino silábica la tentativa no resultó completamente exitosa, a pesar de la meticulosidad del franciscano. Y los malentendidos no hicieron sino incrementarse debido a que el documento hallado por Brasseur no era un original de Landa —el original sigue sin aparecer—, sino una transcripción en donde también se plasmaron los errores del amanuense; de modo que, efectivamente, en el “alfabeto de Landa” se escondía algo de verdad, pero nadie había podido parirla; para hacerlo, se requerían las ganzúas de Knórosov. 

En general, no se tomaba en serio el “alfabeto de Landa”. Investigadores como Thompson pensaban que no debía asignárseles un valor fonético a los signos, creían, por el contrario, que los glifos eran “ideogramas” que representaban conceptos místicos directamente, no concebían que pudieran representar los valores alfabéticos o silábicos de la lengua. Sospechaban que, al ser interrogados por Landa, sus informantes le habían dicho lo que este había querido oír y no se había logrado nada, su alfabeto era un teléfono descompuesto sin ton ni son, un callejón sin salida. En cambio, Yuri partió del supuesto de que varios de estos signos podrían tener un componente fonético, como ya habían sugerido otros investigadores relegados al olvido. Knórosov siguió al franciscano con la suposición de que el fray no había errado del todo. 

En su artículo inicial, Knórosov bosquejó lecturas de algunos glifos de los códices juntando los elementos conocidos de sus diversas fuentes: los códices (glifos e imágenes), los diccionarios existentes (como el diccionario de Motul), el “alfabeto de Landa”, y otros. Desperdigado el rompecabezas, la diferencia entre la ciencia y la superchería radica en saber cómo embonar y aparejar todas las piezas en un conjunto coherente. Así, su procedimiento se concentró en andar de lo conocido a lo desconocido en nuevas y más certeras lecturas, trayendo a la luz, poco a poco —a punta de comprobaciones rigurosas y estrictamente científicas—, el valor de cada elemento de la escritura. Entiéndase que una vez comprobada la viabilidad del método, los esfuerzos subsecuentes se concentran en ir comprobando las hipótesis de lectura. Ofrecemos un ejemplo sencillo del método.

Examínense los siguientes glifos y la imagen que los acompaña: 

En este caso tenemos tres factores, dos conocidos y una incógnita. El primer valor conocido es la sílaba cu, cuyo valor fonético conocemos por Landa. El segundo es la imagen de lo que parece ser un pavo. En maya colonial y moderno, pavo se dice cu-tz, de acuerdo con los diccionarios conocidos. Eso significaría que el glifo desconocido representa el sonido tzu (tzu y no tz debido al llamado principio de sinarmonía). Formulamos la hipótesis de que el signo X, la incógnita, es la escritura de la sílaba tzu, y pasamos a otro texto donde aparezca ese mismo signo para comprobar si ese valor se cumple de la misma manera, a esta segunda lectura se le llama lectura cruzada. Con largas cadenas de comprobaciones de este tipo, el significado del texto comienza a aflorar y es posible establecer no solo los valores de cada elemento sino también la gramática de la escritura. 

Tal fue la aportación de Knórosov en 1952. Eric Thompson arremetió contra Yuri y utilizó todos sus medios y prestigio entre los mayistas occidentales para descreditarlo y relegarlo más allá de la Cortina de Hierro por varias décadas. Abierto el cerrojo de los glifos, faltaba vencer las barreras del mundo y sus prejuicios.

Tercera parte: una senda entre San Petersburgo y El Petén 

Logrado el desciframiento de los glifos mayas y pese a las profundas implicaciones de su descubrimiento, Yuri siguió viviendo en el aislamiento y en un ambiente de opresión. De todas partes le remitían cartas que él nunca recibía, porque las cartas eran intervenidas por el Estado. En una época en la que aún no existía el internet e incluso acceder a una fotocopiadora era complicado, el intercambio postal resultaba decisivo. Durante los siglos xix y xx, el grueso de las colaboraciones entre científicos de diversos países —con intereses en las más variadas esferas de la ciencia— se dio a través de la comunicación epistolar. Pues bien, en la Unión Soviética, un Estado en el que muchos libros se mimeografiaban clandestinamente para luego pasar de mano en mano entre susurros, la perspectiva de una conexión postal segura y libre era poco realista. 

En este capítulo, vemos a Yuri sentado en su gabinete estudiando los más variados temas que eran objeto de su interés, además de la escritura maya, como su “teoría del colectivo” y el funcionamiento del cerebro. Crece en él la obsesión por la historia de los primeros habitantes de América y sus viajes a través del estrecho de Bering. Exiliado del medio científico occidental, rara vez participa en los debates internacionales y su trabajo no recibe la atención debida en el extranjero, salvo algunas traducciones aisladas de artículos suyos que van apareciendo gracias a sus simpatizantes, como Michael Coe y su esposa, Sophie Dobzhansky, de origen ruso, quien por ello podía traducir las aportaciones de su paisano.  

Con el llamado “deshielo de Jrushchov” —una política que buscaba distanciarse de la represión y la censura estalinistas—, Yura viaja a Copenhague para asistir al Congreso Internacional de Americanistas en 1956. Tras escuchar la exposición de Yuri, los mayistas del mundo se dividen en dos frentes, quienes de inmediato reconocen la demostración de los principios elementales de la escritura maya, y quienes, inclinados por aproximaciones distintas al problema o cegados por cuestiones más allá del terreno de la ciencia, se niegan a admitir la validez del trabajo de Knórosov y se concentran más en sus errores; o bien, lo denostan calificándolo de un advenedizo proveniente de un país que poco o nada tiene que ver con los estudios mayas. En la vanguardia de estos críticos se encuentra Eric Thompson. Más interesado en escudarse bajo una serie de controversias políticas e ideológicas que en aceptar sus limitaciones teóricas, Eric lanza más dardos de embustes que argumentos. Un nubarrón de apellido Thompson se cierne sobre su hallazgo y la tormenta no se disipa del todo sino hasta que el inglés muere, en 1975. Ese mismo año Yuri recibe el Premio Estatal de la URSS por su trabajo en el desciframiento. 

Los avances fueron lentos pero la contundencia de sus demostraciones terminó por imponerse. A partir de entonces, los nuevos epigrafistas continuaron con las lecturas de los códices, las inscripciones en la cerámica y los grabados monumentales de las estelas. El mérito de Yuri fue pasar de las meras intuiciones, las pistas falsas, los tropiezos y los prejuicios al análisis lingüístico objetivo. Siendo muy consciente de esto, cuando le preguntaron cuál había sido la clave para triunfar allí donde muchos habían fracasado, Yuri respondió con moderación diciendo que la mayoría de los que habían intentado el desciframiento eran arqueólogos; y él, en cambio, era lingüista. 

Es habitual atribuirle a las mejores soluciones los epítetos de la elegancia. “Su solución fue la más elegante”, solemos escuchar en una plática de gentes que se las dan de entendidas en un tema, pero ocurre con el descubrimiento de una solución ingeniosa lo mismo que con la elección de un traje o un vestido de noche: la elegancia siempre se revela a posteriori, son los otros atributos de la velada —la luz, la compañía y hasta la conversación— los que hacen relucir una prenda, un gesto o un movimiento en toda su elegancia; y vista así, expuesta meridianamente, la elegancia resulta hasta obvia, aunque en su momento nadie sino una persona hubiera sido capaz de delinearla.

Con todo, Yuri no pudo visitar las tierras mayas sino hasta el último suspiro de la Unión Soviética, cuando ya era un hombre septuagenario. Por invitación del presidente de Guatemala, arribó a la capital de aquel país, donde fue recibido por gente que lo respetaba y, sin conocerlo, lo tenía en gran estima. Por fin, Yuri Knórosov, aquel hombre extraño con ojos de zafiro y dedos de nicotina, visitó las ruinas mayas y sintió el peso de un sol a cuyo amparo sus antiguos habitantes idearan una escritura para luego labrarla en la piedra. Un guiño secreto manaba de las escalinatas de aquellos edificios que, lejos ya de su brillo clásico, emitían todavía un susurro que Yuri escuchaba perfectamente y respondía con un orgullo liviano —sin pretensiones— y una sonrisa juguetona, de niño que no ha tenido tiempo de confesar todas sus travesuras. 

Hasta los últimos años de su vida, Yura siguió trabajando en su compendio de glifos.  Ahora su trabajo forma parte del acervo cultural de los pueblos mayas. En los territorios de Tabasco, la Península de Yucatán, Chiapas, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, viven varios millones de herederos de este conglomerado cultural que aún hablan alguna de las treinta lenguas mayas que existen en la actualidad. Quizás la aportación de Yura sea una piedra más para la constitución de la identidad de los pueblos mayas en el amanecer de un nuevo milenio. 

Por su contribución, Yuri fue laureado con la Orden del Quetzal que otorga el gobierno guatemalteco y la Orden Mexicana del Águila Azteca. La muerte no lo alcanzó en la destrucción de Berlín, en el cenit del siglo, sino en el ocaso del milenio, el 30 de marzo de 1999, en el gélido pasillo de un hospital petersburgués, eclipsados sus pulmones por una neumonía. Terminadas las peripecias que lo hicieron transitar por los senderos escarpados de las antípodas, hoy día, si en verdad existe el reino de los muertos, tal vez Yuri esté alojado en la casa de las almas de mirada penetrante, la casa de los señores que se entretienen recomponiendo universos.

Imágenes: 1) Herve Gallet – Creative Commons 2) Coe, M. (2017). El desciframiento de los glifos mayas. FCE: México. 

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