Cultivar caminos

12 | 08 | 2020

Si pudiéramos preguntarles a los nómadas ancestrales cuáles son los mejores caminos, imagino que nos dirían que la única manera de conocer todos los caminos es preguntándole a todos los animales.

En pocas décadas, pasamos de un contexto donde la biodiversidad no era importante, escenarios donde incluso nos organizamos para extinguir especies, a otro donde reconocemos que el valor de la biodiversidad es incalculable y consideramos prioritario encontrar formas para procurar su continuidad. Afortunadamente, durante esta transición muchas personas dedicaron y siguen dedicando sus vidas para preservar y proteger espacios naturales. Así llegamos a donde ahora estamos, viviendo en un territorio donde hay islas de biodiversidad envueltas en una matriz donde ya no tiene condiciones para sobrevivir. Si en la libertad de movimiento de la biodiversidad es donde reside su continuidad en un mundo que no deja de estar cambiando, lo que sigue es conectar esas islas.

Si aún estuvieran entre nosotros, podríamos preguntarles a los nómadas ancestrales cuáles son los mejores caminos, o los más importantes, o por dónde empezar.  Imagino que nos dirían que hay muchos mundos: los del desierto, los de los lagos, los de los bosques de encino, los de los pinos y las nieves de alta montaña, los de las selvas entre las nubes, los de selva tropical, los de los manglares y humedales. Imagino que nos dirían que habitamos uno de los pocos lugares donde puedes ir de un mundo a otro caminando y que son muchos los caminos que conectan esos mundos, que si los quisiéramos conocer tendríamos que preguntarle a los animales, a los van siguiendo los caminos de los vientos, o los de las flores, o los de las lluvias, o los del sol, o de la luna, que la única manera de conocer todos los caminos es preguntándole a todos los animales.

Y si ponemos atención, podemos observar que en algún sentido, todos los animales son migrantes, todos tienen ritmos de movimiento, sea salir del fondo de la tierra en la noche y regresar antes del amanecer, o de la cueva salir de día y regresar al anochecer, o del norte al sur siguiendo las estaciones, o al interior y exterior de las lagunas siguiendo las mareas o siguiendo las floraciones o los frutos, entre tantos otros ritmos. Todos se mueven y algo entendemos de los ritmos del mundo si observamos sus movimientos.

Hace sentido reconocer que si en esa antigüedad nómada los animales eran quienes nos indicaban cuándo y por dónde caminar, acompañarlos como seres sagrados que nos manifiestan cómo el mundo está siendo implicaba llevar ofrendas para ellos en el camino, ponerles agua, comida, construirles lugares para hacer nido y refugio para seguir acompañándonos. 

Desde ahí podemos imaginar que si lo que hacíamos era llevar lo que hay a dónde se necesita, ahí donde se cruzaban los caminos eran lugares donde intercambiábamos las ofrendas para que estas llegaran a dónde se necesitaban y cada quien siguiera su destino. Una imagen muy diferente de los lugares sagrados de la antigüedad emerge cuando en lugar de concebirlos como núcleos donde se asienta el control de la periferia los imaginamos como nodos donde se organizan y cultivan las redes de caminos de cuidado reciproco. Un lugar donde nos encontramos llevando las ofrendas que cada quien lleva de donde viene y las intercambiamos para llevar lo que se necesita a donde vayamos.

En el fondo, quizá cultivar caminos sea un proceso que inicia poniendo atención a los movimientos y las transformaciones de cada forma de vida; una atención que nos lleva a la consciencia de los ritmos y geometrías de los movimientos de aquellos que procuramos, y una consciencia que nos permite acompañar a quienes reconocemos como compañía en el devenir.

Podríamos entonces mirar al movimiento de los animales cómo si fuera un lenguaje, un lenguaje cuyo sentido iríamos comprendiendo en la medida que compartimos nuestras miradas a través del tiempo y el territorio mientras nos ocupamos en ser los dispersores, los que llevan, los que hacen refugios, los que ponen agua, los que reconstruyen la red donde caben todos, los que cultivan las condiciones para que los otros sigan existiendo.

¿Cómo entonces volver a conectar las islas de biodiversidad? Quizá sea una buena idea empezar a imaginarlo como un camino de aprendizaje, donde el movimiento de los animales es quien nos enseña los ritmos y geometrías de la naturaleza, un camino donde vamos construyendo oasis para el movimiento de la diversidad y la diversidad del movimiento.

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