Manuel Álvarez Bravo en su siglo

Manuel Álvarez Bravo en su siglo

18 | 01 | 2023

Manuel Álvarez Bravo vivió un siglo: vivió el siglo XX. Hizo suyos sus trabajos, sus rostros y sus cambios.

Manuel Álvarez Bravo nació el 4 febrero de 1902, detrás de la Catedral Metropolitana, en el centro de México. Creció en un culto núcleo familiar que sus padres, maestros de secundaria, formaron con él y sus siete hermanos. Su padre fue un diletante de la fotografía y la escritura; su  logro más palpable fue haber conseguido que un grupo de aficionados al teatro estrenara un par de sus obras. 

De él, Manuel heredó la vocación artística, pero no el oficio. A los trece lo vio morir, y al poco tiempo atestiguó el reguero de cadáveres y el hambre que dejó la Decena Trágica. Ese par de eventos lo obligaron a desertar de la educación primaria para buscar trabajo. Fue obrero, burócrata y contador, y por mucho tiempo asistió a clases nocturnas de música y pintura en la Academia de San Carlos. Luego, se volvió fotógrafo, porque, ingenuo, se convenció de que esa era “la menos ardua las artes”, y que ella era el único medio seguro para dilatar los sucesivos pesares del tiempo.

 

Herencias rotas

Manuel Álvarez Bravo aprendió los principios de la composición y las técnicas de revelado en las revistas especializadas que su jefe en Luz y Fuerza y Ferrocarriles Nacionales de México mandaba traer de Estados Unidos. A usar la cámara le enseñaron la intuición y los ejemplos desperdigados de otros fotógrafos, como Eugène Arget y Hugo Brehme. Su pasión se condensó con Fernando Ferrari Pérez, un vecino suyo que era aficionado a la fotografía y cuyo cuarto oscuro fue el primero en el que atestiguó las magias espectrales del revelado.

Después de haber ganado algunos concursos estatales de fotografía, Álvarez Bravo se volvió fotógrafo independiente en sus veinte, y casi al mismo tiempo se casó con Dolores Martínez de Anda, mejor conocida como Lola Álvarez Bravo. Luego conoció a Tina Modotti, quien lo presentó con varios de sus contemporáneos artistas, escritores e intelectuales.

El más decisivo de ellos fue Edward Weston, porque se trató de la primera autoridad artística que revisó y validó su portafolios. Incitado por Modotti, en 1929 Álvarez Bravo le envió a California una selección de su obra, pero omitió firmar el paquete. En pocos días, recibió de él tres respuestas contundentes:

    1) Su interlocutor no sabía a quién dirigir su vuelta de correo: al señor, a la señora o a la señorita…

    2) También ignoraba la razón por la que recibió la serie: para que fueran incluidas en una exposición que entonces se estaba organizando en la costa oeste de Estados Unidos (lo cual sería lamentable, porque la curación ya había cerrado), o para ser sometidas a su escrutinio.

    3) La razón del envío no le importaba tanto como su concreción, porque el portafolios había logrado conmoverlo, y eso no era “algo habitual”.

 

 

La fotografía de México

En sus comienzos, un aura instrumental y derivativa envolvía a la técnica fotográfica. Muchos compartían la opinión de que el nuevo instrumento se trataba de un útil archivístico que, como la imprenta, era apenas un recurso del arte, sin un provecho autónomo para la expresión y la fantasía. La intuición general era que la fotografía había sido creada para reemplazar a la pintura en su tarea más rutinaria e innoble: la documentación objetiva del mundo.

Manuel Álvarez Bravo fue uno de los fotógrafos que lograron emancipar a la fotografía de este lastre pictórico. Su aporte fue doble: participó en la construcción del cuerpo de procedimientos y ambiciones particulares que le dieron una convención artística específica, y mostró la anchura de ese misterio visual que puebla de seducción a una buena fotografía: las inagotables posibilidades de la perspectiva.

 

El testigo del tiempo

Un número infinito de cosas termina con la muerte de una persona: lo que puebla el tiempo no cesa cuando se acaba la última de sus raíces, sino cuando ya no hay quien pueda dar fe inmediata de sus pormenores. Las cosas del mundo se pierden con el recuerdo de sus impresiones. 

Manuel Álvarez Bravo vivió un siglo: vivió el siglo XX. Lo vio completo en sus trabajos inmóviles, sus rostros petrificados y sus cambios fijos. Álvarez Bravo vivió lo suficiente para urdir con él aquella asociación particular que establecen ciertas personas grandes con su época: encarnó las paradojas y las potencias del tiempo que vivió, y ayudó a poblarlo con imágenes y circunstancias. No lo creó, pero lo conformó con su hábito, como un suelo que se conformó en sus pasos. No le pertenecía, pero fue contemporáneo de sus azares. Si hubo otros artistas que dieron cuenta con más hondura de esos años, o que miraron mejor en las escalas de sus escalas, él fue el único que los vivió todos.

Vivió todo un siglo. Un día de octubre de 2002, Álvarez Bravo rindió sus ojos a la muerte. Con sus adioses, hizo morir la mirada de la Decena Trágica y esa tarde luctuosa en la que un obrero yació en el estruendo sanguinolento de su reclamo; la insaciable Sed pública y la urgencia instintiva e infantil de la orina; los sucesivos relevos de un Sepulcro traspasado y la imperturbabilidad de La tierra misma.

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En La Vaca Independiente, seleccionamos lo más icónico de la obra de Álvarez Bravo en un volumen publicado en colaboración con el Museo de Arte de Nueva York. Adquiérelo en nuestra tienda en línea.

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