Eneas De Troya - Creative Commons

Esto no es una cosa: una serie sobre objetos personales

21 | 07 | 2022

Las cosas que usamos dicen mucho de nosotros y la forma en que las manipulamos es una variable más de nuestra identidad. En esta serie, hablamos de las relaciones entre nosotros y las cosas.

Las cosas son, ahora, principalmente productos en el mercado, bienes de consumo. Todo es susceptible de venderse. Casi no podemos concebir el valor que proyectamos sobre un objeto sin enraizarlo en su dimensión pecuniaria, pues creemos en una suerte de validación natural entre el valor y el precio: la trascendencia, la eficiencia, la utilidad y hasta la belleza de las cosas tienen para nosotros, en la mayoría de los casos, una correspondencia con su costo.

En ese sentido, estamos dispuestos a admitir que las cosas cuestan lo que cuestan porque nos fascina develar misterios; nos atrevemos a gastar más por este reloj para averiguar después por qué debimos pagar más por él que por este otro. Convenimos en creer que todo sobreprecio está fundado en un sobrebeneficio, por más frívolo que nos parezca (“Un deportivo es más caro que un sedán porque es más bonito”, “con estos tenis corren atletas de clase mundial”), pero nos negamos a admitir que esta validación siempre se nos oculta para que la mercancía nos seduzca.

Y es precisamente la seducción de la mercancía la que nos distrae y provoca que olvidemos que las cosas son más de lo que pagamos por ellas. Las cosas no son solamente cosas sino, además, semánticas que nosotros construimos y habitamos. Historias. Sensaciones. Recuerdos. Los objetos, además de costarnos dinero y costarnos trabajo, también son determinantes de nuestra identidad, de nuestra cotidianidad: nos dan sentido, configuran nuestros hábitos, ordenan nuestro mundo y recogen el propósito de nuestras vidas. Las cosas dicen tanto de nosotros como nosotros de ellas: nuestra personalidad las modifica y las hace hablarnos en un idioma privado.

Desde este punto de vista, la magia de las cosas no está en su adquisición sino en el uso que les damos. No es lo mismo pagar en caja por un pantalón igual a muchos que se produjeron en serie, quizás en el otro lado del mundo, al temor que podíamos llegar a sentir de niños por la reprimenda que nuestros padres podrían aplicarnos por haberlo roto, allí, en nuestra propia casa. Esta magia importa porque es en ella —la magia de nuestra vida y no esa otra del mercado global— donde se juega nuestro destino. Más de una niña o niño ha remendado sus pantalones con hilo y aguja, acaso un parche. Y en el acto, sin darse cuenta, también ha confeccionado su temperamento.

Este vínculo entre las cosas y nosotros es tan robusto que nuestros objetos más preciados son los que esconden nuestros secretos más íntimos: lo que valoramos más es lo invaluable; lo que nos negamos a tasar; lo que rompe toda posibilidad mercantil; aquello que no nos atrevemos a entregar, no por lo que son, sino por lo que significan. Hay cosas que no son cosas: son objetos inestimables que recogen un enigma tan caro como inconfesable; hay cosas que no son cosas, porque no son tanto un objeto como lo que nos recuerdan, lo que hablan, lo que ocultan, lo que reemplazan, lo que alivian, lo que demuelen, lo que preguntan, lo que destronan.

Las cosas de una Vaca Independiente

En el equipo editorial de La Vaca Independiente (LVI) planeamos una serie de textos que den testimonio de esta clase de cosas. A través del ejercicio de la observación, la autoexploración, la sensibilización y la escritura, en LVI proponemos vías alternas para concebirnos desde el bienestar que la meditación y el examen de nuestro entorno y nosotros mismos pueden procurarnos. Para trastocar positivamente nuestra visión y actuar en el seno de nuestras comunidades, podemos comenzar por dialogar en torno a todo aquello que nos interesa y aviva nuestra curiosidad. 

Hace dos semanas leímos, por ejemplo, cómo las gorras, en las cabezas adecuadas, pueden dejar de ser gorras. En el siguiente ensayo de la serie, conoceremos el club de las frazadas rebeldes que de pronto decidieron convertirse en banderas de la libertad; los textos que hallaremos luego, cada segundo jueves, hablarán… Bueno, de nada y de todo. Por ahora, nos conformamos con ocultar sus fondos temáticos para incentivar otra inversión en esta página: la de un poco de tiempo, espera y diálogo.

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