La culpa la tiene el tiempo (o cómo nunca aburrirnos)

24 | 03 | 2021

Una breve introducción al aburrimiento como fenómeno, su historia, su papel en las sociedades actuales y su profunda complejidad.

El aburrimiento, ese sentimiento que oscila entre el vacío, la apatía y el desinterés, es un fenómeno enredado cuya semilla es la repetición. Sensación apagada donde el tiempo pasa lento; abstracto espacio emocional donde ninguna actividad, pensamiento o persona nos estimula, el aburrimiento es pausa y paréntesis, caída y suspenso. Todos, inevitablemente, hemos sido presas de ese hastío en algún momento de la vida. Por eso, su naturaleza compleja ha merecido el análisis de un buen número de pensadores, filósofos y expertos de varios campos.

Definir el aburrimiento

Al tedio conocido como aburrimiento se le ha abordado desde distintas disciplinas a lo largo de la historia, sobre todo en los ámbitos de la ciencia, la filosofía y el arte: Kierkegaard lo definió como “la raíz de todo mal”; en su momento, Baudrillard se refirió a él como “el peor crimen mundial”; e Isaac Asimov presagió que se convertiría en la peor enfermedad de nuestro tiempo.

Para muchos, el aburrimiento es reflejo y síntoma de la modernidad: nace con la Revolución Industrial, cuando el mundo se volvió una gran fábrica o un eterno chequeo de tarjetas (entrada-salida-salida-entrada), y se adoptó un culto a la productividad. El tiempo se adueñó de nosotros, no supimos qué hacer con él, y creamos una relación que podría tildarse de autodestructiva: cuando no estamos ocupados, apurados o estresados, buscamos maneras de asesinar al tiempo.

“Matar el tiempo” es una forma popular de expresar que no tenemos nada qué hacer; es también una forma de enfrentar el miedo al vacío, a la suspensión, a lo erróneamente descrito como “improductivo”. En este punto, la vida se convierte en una sala de espera. Y es que la rotación sigue siendo la misma: no importa lo que hagamos, ni lo que pensamos, los días siguen siendo días y las noches, noches. Estamos ante un problema interpretativo, ante una noción malgastada.

Hoy, después de siglos del nacimiento del aburrimiento como concepto, el tiempo se ha vuelto más exigente: en nuestra realidad hiperconectada y plagada de estímulos nos resulta imposible estar un momento sin algo que hacer, recurrimos inmediatamente al celular o la televisión cuando existe un hueco milimétrico en nuestra rutina; ansiamos que todo siga aceleradamente, que nada se detenga: vivimos a la espera de notificaciones y actualizaciones. Es tal la cantidad de información que experimentamos que deberíamos estar atestiguando la extinción del aburrimiento. Sin embargo, el presente es, quizás, la época más llena de aburrimiento en nuestra historia como especie, un presente donde la insatisfacción protagoniza y define cada jornada. Vivimos —desconcentrados, desconcertados, desesperados— buscando lo nuevo, lo productivo, lo sorprendente, lo estimulante.

Si al terror que sentimos ante el tedio o el aburrimiento, le añadimos que, a raíz de la actual pandemia, una buena cantidad de personas pasa ahora mucho más tiempo en casa (la transformación profunda de nuestras rutinas), la cotidianidad puede tornarse desagradable; pero también (¿por qué no?), podríamos ver en esta inusitada era una oportunidad dorada para reconfigurar nuestra postura frente al tiempo —algo que inevitablemente se toca con la noción de aburrimiento.

Ante esta realidad, ofrecemos una colección de reflexiones que, más allá de distraernos del aburrimiento, nos invitan a reconfigurar nuestra percepción de él y transformar las relación que tenemos con eso que equivocadamente hemos llamado “tiempos muertos”.

Entrega

En su Elogio al aburrimiento, Joseph Brodsky aconsejó a los recién graduados del Darmouth College en 1989 dejar de buscar en la innovación y la originalidad el antídoto para el aburrimiento. En vez de esto, el escritor ruso propone entregarse a ese sentimiento, aceptarlo, hundirse en él y tocar el fondo, para luego volver a la superficie. No hay escapatoria. Quizás es necesario dejar de evadir lo inevitable. El aburrimiento es una emoción y, como tal, necesita ser aceptada y digerida para procesarse. De otra forma, solo estaríamos postergando una cita que se agenda infinitamente.

Contemplación

No en vano, muchos de los grandes consejos para la vida provienen de los conocimientos que la humanidad amasó en tiempos antiguos: un regreso a lo básico de nuestros orígenes. Previo a nuestra concepción actual del aburrimiento, a los periodos de inactividad se les aceptaba como parte natural de la vida. De esa aparente inactividad nacieron, por ejemplo, la ciencia, la filosofía y las artes. El darle ese espacio a nuestra mente puede ser una invitación a cuestionar lo que damos por hecho. Contemplar no es solamente necesario, hoy resulta urgente, e implica apaciguar nuestra voz interna para enfocarnos en escuchar e identificar cada elemento que nos rodea.

Al estar alerta de sonidos, sensaciones, colores y olores (algo también conocido como atención plena), nos enseñamos, por un lado, a ejercitar nuestra capacidad de asombro y, por el otro, a nombrar e identificar aquello que sentimos, como, por ejemplo, la raíz de nuestro aburrimiento. La meditación es una excelente vía para llegar a ese sencillo y bondadoso estado de alerta —aquí algunas meditaciones guiadas para cultivar la calma y relajarte, cortesía de Global Intention.

Paciencia

Uno de los síntomas más notables de nuestra era es, sin duda alguna, la impaciencia, la cual está directamente relacionada con el uso de la tecnología. A mayor velocidad y eficacia tecnológica mayor es nuestra falta de paciencia y, por lo tanto, nuestra capacidad de concentración en una sola cosa. En este sentido, es recomendable pasar periodos largos sin usar un dispositivo móvil, reducir su uso a lo esencial. Hecho esto, un buen ejercicio (en ocasiones, aparentemente imposible) es someter nuestra atención a una sola cosa, como, por ejemplo, apreciar una obra pictórica por un lapso largo de tiempo o escuchar una pieza musical con toda nuestra atención, y hacer solamente eso. Concentrarnos en esa tarea ayuda a desarrollar la paciencia —una excelente herramienta para sobrellevar el aburrimiento (mientras menor sea nuestra aflicción ante él, más rápido “pasará”).

Concentración (la belleza del dibujo)

Solo una vez que hemos encontrado estados de calma y paciencia podemos concentrarnos realmente en pequeñas tareas, esas que a veces parecieran insignificantes. Es posible encontrar sabiduría y diversión en todos los componentes de nuestra cotidianidad y generar hábitos que nos ayuden a pasar el tiempo de una manera serena y, tal vez, entretenida. El dibujo es una de esas actividades: dibujar por dibujar, sin juzgar o sin esperar resultados estéticos, ayuda al cerebro a concentrarse y es capaz de conectarnos con nuestra creatividad.

Se trata de una actividad en la que usamos la mente y el cuerpo paralelamente, creamos mundos y los deshacemos; además, dibujar es un acto de humildad, no es necesario ser un experto. Otra actividad recomendable para los llamados tiempos muertos son los ejercicios de memoria, como pintar con los ojos cerrados el rostro de una persona que conocemos o dibujar un plano arquitectónico de cada lugar en donde hemos vivido.

El arte de no hacer nada

En un primer momento, no hacer nada podría sonar como algo sencillo, pero no lo es. De hecho, se trata de algo profundamente complicado de lograr y disfrutar, a pesar de que trae consigo grandes recompensas. En este sentido, es importante educar a nuestra mente para esta que también es una actividad, pues podría resultar un detonador de nuestra creatividad y capacidad de análisis —una ventana por la cual podemos ver paisajes reflexivos, creativos y estimulantes. Detenerse a no hacer nada implica imaginar, solucionar, construir y acaso derribar para reimaginar, dejando a un lado el sentimiento de culpa que, frecuentemente, viene de la mano con la falta de productividad.

No hacer nada (hacer nada) requiere, retomando a Brodsky, entregarse al paréntesis y a la suspensión. Y es que la vida está compuesta y configurada, en gran medida, por aquellos vacíos, silencios y sombras que complementan a aquellos volúmenes, armonías y brillos a los que no es necesario estar expuesto todo el tiempo. Lograr no hacer nada, hoy en día, es un acto de rebelión y de autocuidado.

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