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"Reflection", 2013, Rita Rohlfing

Site-Specific Art: cuando la pieza y el entorno se fusionan

13 | 09 | 2022

Este movimiento artístico es un bello recordatorio de que el arte no es solo un objeto, sino una experiencia compartida entre el espacio, la obra y el espectador.

Los años 60 fueron revolucionarios. Si bien los periodos históricos son el resultado de largos procesos que no pueden explicarse desde el margen que los delimita, son pequeñas ficciones que ayudan a acomodar eventos en el tiempo y darles sentido. Cuando pensamos en esta época se reproduce de inmediato una película mental. “I have a dream today”, escuchamos decir a Martin Luther King, mientras vemos imágenes de algunos de los países de África que consiguieron su independencia. Desfilan pancartas y letreros del movimiento feminista, LGBT, antirracista y antibélico. En el caso del arte, aparecen las latas de Campbell de Warhol y otras piezas del Pop Art. Pero en medio de toda esa efervescencia, la corriente del Site-Specific Art perdió algo de la mucha atención que nos merece.   

Aunque su origen da pie a algunas dudas, es un hecho que el término se propagó en la década de los sesenta. El artista sueco-estadounidense Claes Oldenburg escribió en 1961: “Estoy a favor de un arte que haga algo más que estar sentado sobre su trasero en un museo”. Si bien esta no es una definición, sí es una simpática pista para entender los motivos detrás del Site-Specific Art. Claramente inspirado en las narrativas de aquellos años, —en esa sed insaciable de cambio— este era un intento más por desafiar el statu quo.  

El entorno se hace presente 

¿Dónde empieza y termina una obra de arte? ¿En los límites de cada pieza, en el espacio que ocupa o en la experiencia del espectador? Estas preguntas, quizá a nivel inconsciente, retratan a fondo el Site-Specific Art. Con la intención de generar un contrapeso a las agendas minimalistas del momento, surge como una propuesta para negociar, y sobre todo reconocer, el vínculo irrenunciable que existe entre el arte, su entorno y la audiencia. Desde esta perspectiva, la obra de arte no es autónoma; cede su forma matérica para entregarse por completo al contexto, como explican Pécoli y Spires.   

Cualquier cosa cobijada por las ideas del Site-Specific Art se hace pensando en un lugar —interior o exterior— en específico, como nos sugiere el término. Mover una pieza de su sitio, no solo la vacía de sentido, la destruye, diría el artista Richard Serra —quien vivió en carne propia esa experiencia—. Esta postura intenta distanciarse del aura decorativa y comercial que muchas veces se asocia al arte, pero también desdoblar sus posibilidades interactivas. Se trata de entender que la obra está viva y que no es solo un objeto, sino un momento irrepetible.  

Excursus: Homage to the Square3, de Robert Irwin, es un ejemplo perfecto de cómo se pueden crear nuevos entornos, jugar con los espacios o la sutileza de la luz para modificar estados perceptivos. Ubicada en un edificio y terreno cuyo plan maestro diseñó el artista, esta pieza también subraya otra cualidad que suele estar presente en esta corriente: la interdisciplina, que en este caso explora la relación entre arte y arquitectura.     

Para 1970 era una tendencia. El Land Art se dedicó a explorar el Site-Specific Art junto con múltiples artistas conceptuales, entre los cuales destacan Hans Haacke, Daniel Buren, Patricia Johanson y Athena Tacha. Analizando sus principios de enunciación, es difícil no estar de acuerdo con algunos críticos que lo describieron como un movimiento de bona fide (buena fe). Y es que, actualmente, pocas cosas parecen más nobles que la renuncia al protagonismo, a esta moda que impone al individuo sobre lo colectivo, que idolatra a personalidades en lugar de procurar las relaciones más cercanas. 

Quizá el arte está en todas partes y es todas las cosas

El Site-Specific Art es un bello recordatorio para tener presente al entorno y ser activos con el diálogo que tenemos con él. En lugar de nutrir la ilusión de que solo el discurso de la pieza informa, hace un claro llamado: “nosotros nos hacemos con ella, tanto como ella lo hace con nosotros”. Quizás al final todo sea una obra que renace con cada interacción y movimiento. Si eso fuera cierto, entonces el acto de vivir sería la forma más sublime de arte. 

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